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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007. 02/01/2007Babel![]() Veo Babel, de Iñarritu, y me recuerda a Código desconocido, de Haneke. Me gusta. Es viernes por la tarde y, después de dar una vuelta y comprarme un libro de Vila-Matas, que junto con Javier Marías integra el programa de mi asignatura pendiente por lo que a literatura española actual se refiere, acabo sola en unos conocidos cines de versión original del centro de Madrid. La sala está llena, es el día del estreno. Como siempre, llego hiperpuntual y me convierto en la primera de la cola que se va formando detrás de mí. Todos tenemos entrada pero la sesión no es numerada y la tensión crece entre los que esperan; algo de lo que, afortunadamente, yo no me entero, gracias a Vila-Matas y su Historia abreviada de la literatura portátil, cuyo principio no me acaba de enganchar demasiado, aunque sí lo suficiente como para abstraerme de la impaciencia que me rodea. Ya en la sala, cuando se apaga la luz e Iñarritu despliega su magia como un encantador de serpientes, caigo a sus pies y me dejo conmover por la cosmopolita Babel: por su imagen en carne viva y su música desnuda, cargada de desaliento. Durante la proyección, incómoda con el dolor de los personajes, me pregunto si existir no es una garantía de sufrimiento; y pienso que nadie entiende nada, no por falta de formación, sino porque nuestra voluntad es cero. Las barreras son infinitas. Vuelvo a casa de noche, andando por Alcalá, donde han adornado los árboles con cordones luminosos. La luz dorada confiere a mi regreso un halo irreal. Madrid está repleta. Me cruzo con grupos de amigos que han venido de otra ciudad y se fotografían con sus cámaras digitales delante del Banco de España o de la boca de metro; con parejas cogidas de la mano; con gente sola, como yo. Camino deprisa, ha bajado la temperatura. Repaso la película: un escalofrío me recorre el cuerpo al considerar lo lejos que estamos los unos de los otros y lo poco conscientes que somos de ello. Ojalá supiera utilizar las palabras como Iñarritu las imágenes; encriptar una historia y lanzarla al vacío para que alguien la recogiera e intentara comprender. Sólo el esfuerzo por descifrar el mensaje ya implicaría entendimiento. Feliz 2007 a todos. 11/01/2007Kafka en la orilla![]() Empiezo Kafka en la orilla en año nuevo, después de ver con mi hermana Lo que el viento se llevó en un canal local. Cansadas de la televisión y sin ganas de salir, ella elige leer, quiere terminar cuanto antes una novela policiaca que no acaba de gustarle, Almas grises, de Claudel; y yo la imito. En la portada de Kafka en la orilla hay un gato verde. En 1905, Soseki Natsume publicó en la revista Hototogisu el primer capítulo de una de las obras más importantes de la literatura japonesa, Yo, el gato. Cien años más tarde, Murakami, quién sabe si homenajeando a Natsume, se inventa a Kafka Tamura y a Nakata, un viejo extraño que tiene el don de hablar con los gatos y hacer que las cosas más absurdas caigan del cielo. Comienzo la historia desde mi butaca, el primer día de enero: un domingo somnoliento en el que la tarde cae tejiendo en el patio de luces, entre las cuerdas de mi tendedero, un montón de sombras. Dentro de mi casa hace calor; la calefacción central del edificio siempre sobreactua. La lamparita de pantalla azul, que una amiga me dejó como recuerdo al abandonar la ciudad, ilumina a medias la salita minúscula. Y yo, con la resaca producida por el año que se ha ido, al llegar a la tercera o cuarta página leo: “Tu corazón es como un gran río crecido tras un periodo de lluvia. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumergidos por la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: “sí, justo. Ese es mi corazón”. Kafka en la orilla me engancha como hacía tiempo no me enganchaba una novela. La leo de un tirón. Araño horas para quedarme sola y olvidarme de lo que me rodea. Permito que me destruya con su tristeza y, posteriormente, vuelva a lanzarme al mundo. Estoy sola y sí, he estado triste, pero algo me dice que empiezo a curarme por dentro. Lo noto por las mañanas, cuando recorro andando el par de calles que me separan de la librería; cuando voy en el metro y observo a la gente mientras escucho Ojalá en el mp3. Lo noto cuando me enfrento a la realidad empujada por la alarma insistente de mi móvil, que pasa de mí y no hace concesiones a mi desánimo. En la novela de Murakami, a través de las situaciones más surrealistas, todos los personajes, de una u otra manera perdidos, alcanzan la misma conclusión: Merece la pena vivir, sin necesidad de razones. 24/01/2007María Antonieta![]() Salgo del cine. He entrado de día; cuando abandono la sala ya ha oscurecido y las farolas están encendidas; los letreros luminosos destacan más. La calle, inmersa en el grueso ir y venir del invierno, está llena de gente sin tiempo para la primera sesión de un martes por la tarde; y de nuevo confirmo que disfruto de no tener nada que hacer si, a mi alrededor, todo el mundo continúa con horarios opresivos y obligaciones que cumplir, si nadie se detiene mientras yo me paro en seco y miro. He visto María Antonieta por segunda vez. Me gustó Lost in translation y con María Antonieta Sofía Coppola no me defrauda. El planteamiento es frívolo. Los colores pastel inundan la pantalla y la música electrónica ambienta el baile de máscaras en la opera de París inmiscuyéndose en un escenario histórico que, en teoría, no debería haberle pertenecido. He leído algunas críticas que tachan de snob y vacía la película. No estoy de acuerdo. Más bien al revés, la considero arriesgada, inteligente en su elección de no profundizar y conformarse con lo más fugaz de los personajes. La cinta es como ellos. Me compro la biografía de la reina francesa que escribió Stefan Zweig, publicada por Debolsillo, y confirmo mis sospechas en una de las primeras páginas: “Quizá la vida de María Antonieta sea el ejemplo más ilustrativo de la historia de cómo a veces una de esas personas mediocres es capaz de arar el destino y, con su puño imperativo, alzarse con fuerza sobre su propia mediocridad”. ¿Qué habría sido de María Antonieta sin la Revolución Francesa? ¿Hablaríamos de ella hoy? Probablemente no. Vivió encerrada entre Versalles y Trianón, jugando, bailando, gastándose a espuertas el dinero. Zweig la llama en su libro “La reina del Rococó” y yo la imagino como una cría a la que, de haber vivido hoy, le habría entusiasmado la música electrónica como vehículo para expresar lo que sentía; una adolescente al límite de su época convulsa, y consecuentemente sola. Pienso en ella y concluyo que merece la pena el exceso y el desafío, la temeridad... pero al mismo tiempo sé que mi vida minúscula, sin revoluciones francesas a la vuelta de la esquina dispuestas a magnificar mi razón de ser, no puede ir más allá de las pequeñas transgresiones: escabullirse del trabajo un martes por la tarde para ir al cine o alargar de forma imprevista un café en La Canela, salpicado de cigarros y anécdotas contadas por mis amigas. Me subo al metro, regreso a la librería. Después llego a casa y enciendo el ordenador. En el silencio que me rodea, roto por los golpecitos de mis dedos contra el teclado, escribo esta palabra. No he dicho nada de lo que quería decir. Lo he dejado como rastro en el camino de vuelta a mi lugar seguro. Últimamente son muchas las cosas que me gustaría contar... y creo que las escribiré algún día. Seguro. |
Este blog no tiene nombre. No me dejó llamarle porque ni él ni yo sabemos muy bien qué queremos contar. Va creciendo sobre la marcha y cambia de color como los camaleones. En cualquier caso, eres bienvenido.
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