La extraña influencia de Los Goonies
Vimos primero Golpe en la Pequeña China (1987), que no provocó en Pequeño friki más que la iniciativa adolescente de pasarme el brazo por la espalda y acariciarme ocasionalmente los hombros mientras repetía en voz alta los diálogos de Kurt Russell y Kim Catrall, aprendidos a fuerza de visionar la cinta aproximadamente cien veces. Por lo que a mí respecta, respondí devolviéndole con discreción las caricias.
A Golpe en la Pequeña China le siguió Requiem por un sueño (2000); y Pequeño friki, aunque reconoció a posteriori que se trataba de una quasi obra maestra, permaneció medio dormido durante la hora y media larga que duró la película. Eso sí, sentado a mi lado en el sofá rojo y tocándome con la excusa de servirme de almohada humana... uhmmmm...
Por último pusimos Los Goonies y Pequeño friki retomó con ímpetu la sesión de caricias, aventurándose por lugares poco transitados: mi ombligo, mi clavícula, mi esternón... ¡¡¡Mi teta izquierda!!! Quién sabe qué influencia ejerció sobre él el pequeño Sean Astin, ajeno en su época Goonie a su futura transformación en hobbit, para que Pequeño friki osara profanar mi anatomía arriesgándose a ser visto por A, su gata en celo y un par de compañeras de trabajo medio inconscientes dada la hora y la sobredosis cinematográfica. En fin...
El caso es que hasta ayer Los Goonies me traía recuerdos familiares de adolescencia: imágenes de domingos por la tarde en que la peli aparecía por sorpresa programada por algún canal privado y nos enganchaba a mis hermanos y a mí, que acabábamos llorando con la música de Cindy Lauper, convencidos de la bondad intrínseca del mundo en general. Ahora ya no: de repente Goonies equivale a lascivia torpe y remordimiento de conciencia. Esto no se arregla.
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Un votito bonito.
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