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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006. 03/09/2006La espuma de los díasVian escribió La espuma de los días en 1947, tenía entonces 27 años y sólo le falaban doce para morir. El miércoles pasado, Cain me regaló la novela al salir del trabajo. No la adornó con ninguna dedicatoria. Se limitó a dármela en señal de despedida. Intercambiamos un par de besos y cenamos una parrillada de carne en El Labriego. También estaban Albert y La Prima. Recuerdo que, nada extraordinario, fumamos y bebimos cerveza sin cesar; hablamos de la tienda y del sexo; de la eterna pantalla opaca que separa la mirada de los hombres y las mujeres. Nos reímos. Acabamos en La Canela con un tequila, dos Mojitos y un Margarita. Seguimos riéndonos; seguimos mirando a otra parte, rendidos, permitiendo que el tiempo se diluyera por el agujero del retrete. De nuevo recorrimos de madrugada el centro de Madrid y, con pasos inseguros, volvimos a casa enmarañados en mil dudas, rompiendo la noche con nuestra conversación. Al día siguiente, Albert, ciñéndose a su particular rito del Adiós, me regaló un cactus, el Cactus Alberto, y repetimos con él la misma operación de la noche anterior: más cerveza y más Mojitos; más charla intrascendente en La Canela, eso sí, protegiendo al cactus de toda agresión. Horas después, Ana, La Prima y yo, nos adentramos en la calle Fuencarral turnándonos para cargar con la minúscula macetita y, por un momento, pareció que sólo el portador del cactus tenía derecho a expesar su opinión. Quien llevaba a Alberto hablaba y los otros dos se dedicaban a escuchar. Era divertido, teníamos un largo trayecto por delante, ya era tarde y allí estábamos los tres, más felices que lombrices, mostrándole al cactus el lado oscuro de la ciudad. Y sucedió la tragedia: La Prima lo sostenía cuando un escaparate detuvo su marcha. Había visualizado una cazadora verde y llena de cremalleras que la había dejado sin respiración. Todo fue muy rápido. Mientras La Prima permanecía inmóvil, hipnotizada por la belleza underground de la cazadora, un transeunte un tanto atolondrado, ajeno a nuestra historia, chocó con ella y Alberto cayó al suelo estampándose contra el asfalto. - ¡Has matado a Alberto! -Gritamos al unísono Ana y yo.- ¡Asesino de Cactus! El transeunte, un tanto atribulado -lo comprendo- se dio a la fuga mascullando un "Lo siento". La Prima, consternada, no dejaba de pedirme perdón. Nos arrodillamos para recoger al herido y de repente me sentí muy triste. - Creo que voy a llorar. -Dije. Y entonces lloré. Al final volvimos a casa en taxi. Alberto ha sobrevivido y yo empiezo mañana mi nuevo trabajo, lejos de la Fnac. Lo que hemos compartido es tan fugaz e inconsistente que no lo olvidaremos nunca. Me gusta el título La espuma de los días; me hace pensar en la vida como en un rasguño; es leve y dolorosa a la vez.
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Este blog no tiene nombre. No me dejó llamarle porque ni él ni yo sabemos muy bien qué queremos contar. Va creciendo sobre la marcha y cambia de color como los camaleones. En cualquier caso, eres bienvenido.
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