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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2005. 04/03/2005Realidad y SexoEso que escribí sobre el cambio de color de los camaleones... una mierda. Mierda los camaleones, mierda para Bush, que no está sentado delante de este portátil ni me ha acompañado a hacer la compra. El único que se ha venido conmigo al Champion, plantado en mi cabeza como la canción de Luz Casal, has sido tú, cabrón inamovible, que vienes a todas partes detrás y dentro de mí. No me llamas, pero estás ahí, recordándome cada vez que te perfilas en la memoria nuestras imágenes de sexo compartido. No sé qué tiene que ver el sexo con el ordenador, ni si se puede plasmar en la pantalla con letra arial... no tengo ni idea... hay algo de Jelinek en estas líneas, ¿no crees? Y mira que me gusta poco; "Deseo" es, de las últimas novelas que he leído, la más pobre, la que me ha dicho menos, llena de páginas saturadas de escenas sexuales y violentas, que se anulan unas a otras consiguiendo al final que ninguna produzca urticaria en el lector. ¿O me pasará sólo a mí, que últimamente tengo la sensación de estar de vuelta de todo? No quiero follar más, no por ahora. Me cansa verme desnuda, mezclada con hombres cobardes que siempre llegan tarde. Y estoy triste, hasta podría llorar. Sin embargo estoy convencida de que, en cada lágrima sofocada con cleanex rosa, reside un poco de esta literatura de mierda, obscena y repleta de tacos y visiones de puticlub. La realidad no es orginal: no lo es esta casa de 48 m2 llena de polvo y, gracias al frío, temporalmente abandonada por las cucarachas. Por eso transmitirla implique tal vez plagiar estilos y escenas. Ya veremos. 06/03/2005Fin de semana expresionista: BrückeHay un cuadro de Karl Schmidt-Rottluff que se llama "Día de viento" y está pintado con los colores propios del verano, rojos,amarillos y verdes; lo vi ayer. Fue un día feliz. Un sábado curioso, en el que recorrimos paseando el centro de la ciudad para ver completa la muestra BRÜCKE, EL NACIMIENTO DEL EXPERISONISMO ALEMÁN (hasta el 15 de mayo en el Museo Thissen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid). No entiendo demasiado de pintura, pero empieza a gustarme, y me gustó la mañana - tarde de ayer, con un sol que presagiaba ya la primavera como recompensa a nuestro estoico aguante del frío y la nieve. Los expresionistas utilizaban colores vivos. Se está bien dentro de los museos. 07/03/2005Putas y poemasMe paso el día vendiendo por teléfono secadoras automáticas a los cordobeses. Saco en claro que el prefijo teléfonico es el 957 y que el andaluz puede resultar tan incomprensible como el alemán. Acabo a las cinco de la tarde y sólo cuando abandono el edificio recuerdo que estoy en Madrid y que hay vida más allá de los 10 Kg. de ropa para los que tiene capacidad la secadora. Me duele la cabeza. Cruzo San Bernardo y recorro la Gran Vía hasta La Casa del Libro. Giro a la derecha y llego a la sucursal de AutoRes en el centro. Me compro un billete para el miércoles... ¡Me voy! A veces me posee una necesidad extrema de abandonar y huir. A menudo en mis pensamientos a ese infinitivo de fuga le acompaña el "para siempre", sin embargo no llego a materializarlo nunca y todas las veces acabo volviendo... ¿Quién sabe si algún día eso cambiará? Con el recuerdo agradable del sábado en la cabeza, el billete de autobús en el bolso naranja y la idea de coger el metro en Sevilla, cruzo la calle Montera y me meto por Caballero de Gracia. Delante de mí, camina un hombre bajito y cuadrado, con las manos en los bolsillos de una cazadora verde bastante sucia; delante de él, una mujer pequeña, embutida en un vaquero elástico y abrigada con un plumas azul celeste, avanza lenta. No sé por qué, observándoles se me ocurre que el hombre quiere robarle el bolso a la mujer. Me equivoco. Pocos metros más tarde, ella se detiene en un portal. Empuja la puerta, está abierta. Él la sigue dentro y yo comprendo: puta y cliente dispuestos a consumar. Me siento inocente. Llego al final de la calle y me fijo en su nombre porque es entonces cuando decido escribir esto. Ya en casa, hablo con mi madre y pienso en los hombres que bailan en mi cabeza. A. me ha enviado uno de sus poemarios por correo electrónico. Me preparo un café con leche y me siento delante del ordenador. Lo descargo y me paseo por él antes de guardarlo en un disco con la sana intención de leerlo a fondo en estos días de descanso que cada vez están más cerca. En el metro he reconocido a Fernando Marías, el escritor de "El niño de los coroneles". Me digo que vivo en una ciudad donde los escritores se cruzan en mi camino y me produce cierto placer ser capaz de reconocerlos. Me quedó mirando a Marías en la parada de Goya, yo en el andén, él dentro del metro, junto a la puerta, observando. Cuando caigo en la cuenta de quién es, doy un respingo que el percibe. No me atrevo a sonreirle. Se cierran las puertas del tren y la oscuridad del tunel se come a este escritor de hoy. No le he leído. 09/03/2005Contra la paredLas historias de amor están llenas de cagadas. Parece que cuanto más se quieren dos personas más probabilidades hay de que una se convierta en la causa de la desgracia de la otra aunque, paradójicamente, semejante despropósito sólo contribuya a que el lazo entre las dos se estreche aún más. Esta tarde, en los Alphaville, he visto con S "Contra la pared". Sé que recordaré los ojos perfilados de negro de Sibel y la dureza de las imágenes, la visión del amor como producto y abono de la mierda. Me duele la cabeza. He escrito un artículo larguísimo sobre la película y al ir a publicarlo el ordenador ha fallado y he perdido el texto... me duele la cabeza todo el día... 14/03/2005La leyenda del santo bebedorHe vuelto. Cuatro días en Valencia y no he visto el mar, no he llamado a mis amigas ni he ido a ninguna mascletà. En cambio, me he pasado el fin de semana leyendo y consumiendo DVD's (intuyo que la "s" precedida de la tilde es una aberración, pero me da igual. De vez en cuando hay que correr riesgos). Justo al lado de nuestro portal han abierto un DVDclub de "Arte y ensayo", donde los viernes por la noche organizan un cineforum. El local chorrea bohemia, no importa cuando entres, detrás del mostrador el dueño siempre está manteniendo con el empleado de turno alguna conversación trascendente sobre cine, lo que contrasta con las falleras que pasan por la calle sin hacer demasiado caso al escaparate con las últimas novedades. Las observo desde dentro, mientras trato de decidirme por un título. Elijo "Monster", la veo por la tarde, entre siesta y siesta, no me gusta. Por la noche, en Versión Española pasan "En la ciudad sin límite". Me engancha. Al día siguiente alquilo "Te doy mis ojos" y "The eye", japonesa y se supone que de terror. Cuando la ponemos un rótulo en rojo nos avisa: "Agárrese a su butaca". No pasamos ningún miedo. Entre película y película, mi padre me habla de libros. Me deja cuatro, "La Leyenda del santo bebedor" (Anagrama), "Vida férrea" (Losada), "La expulsión del infierno" (Alianaza) y "Nuestro hogar en Auschwitz" (Alba), y le robo uno, "Plataforma" (Anagrama). "La leyenda del santo bebedor", de Joseph Roth, se lee en una tarde. Me impresiona. Roth habla de cosas como "el sueño de las mujeres que envejecen" y traza el relato con cuatro líneas seguras y escuetas, que sin embargo bastan y sobran para construir imágenes de una brillante nitidez. Cuando le digo a mi padre lo mucho que me ha gustado el cuento, incluido el prólogo de Carlos Barral, noto que se alegra de que coincida con él. Y poco más... le dedico a mi prima un día entero en el que, entre otros muchos temas, conversamos sobre los blogs y los flogs. Ella no sabe lo que son; se lo explico y le parecen ideas ridículas y extremadamente egocéntricas, opinión que de alguna manera surreal comparto. Le hablo de las páginas de algunos amigos y le oculto la mía algo avergonzada. Pero hoy vuelvo a escribir. Voy a leer otras novelas de Roth. 16/03/2005Lamela 1954 - 2005Madrid entra en la primavera. Hay algo de seco en la imagen, de piel seca: brazos secos, dedos secos. Podría lamer el aire y me sangraría la lengua... no, no, no es para tanto. Está bonita la ciudad. Ayer fue una tarde de reencuentro, rara e imprevista, una tarde de dejarse llevar, de esas en que lo mejor que se puede hacer es darse por vencido y andar a la deriva confiando en que no nos toca ahogarnos. Salió bien. S y yo habíamos quedado para encontrarnos a las seis y media en el andén de la línea 6, metro Moncloa, dirección Cuatro Caminos. Queríamos ir a ver "El Hundimiento" a un cine de Bravo Murillo. Yo salía de trabajar a las cinco, así que tenía tiempo de sobra (me prometía un café en el Starbucks de la Plaza de los Cubos leyendo sin prisas "Plataforma", la novela en la que Houellebecq afirma que el mundo entero se está impregnando del ambiente aséptico de las zonas de espera de los aeropuertos). Sin embargo algo nos obligó a cambiar los planes: a las 16.30 sonó mi móvil. Era la madre de N. Llamaba desde Sines, un pueblo costero al sur de Portugal, preocupada porque N había desaparecido. Hace meses que no habló con N. No nos llamamos, hemos dejado de vernos. Temo encontrarle. Nunca nos hemos acostado N y yo, pero todos los que nos conocen, aunque no lo dicen, creen que lo hemos hecho. Lo curioso es que nosotros dos nunca nos hemos entretenido en desmentirlo y hemos dejado que la sospecha cuaje y se extienda hasta cubrirnos por completo. Me compretí con la madre de N. Le dije que le buscaría, así que localice a C por teléfono y al salir de la oficina me dirigí al piso que N comparte (compartía) con C y dos chicas en Tirso de Molina. En la sala, con las ventanas hasta el suelo abiertas de par en par, delante de la televisión encendida sin voz, C me cuenta que han echado a N de la casa después de varias discusiones. Me confiesa que en la última llegaron a las manos y N llamó al SAMUR y a la policía. C es fuerte, tiene la caja torácica más grande que he visto en la vida. En la pelea le dio a N un par de puñetazos de los que se arrepiente. N se marchó. Le dijo a su madre la última vez que la llamó que iba a dormir en el coche hasta que encontrara un lugar donde quedarse; C me asegura que es mentira. Me habla de unos amigos portugueses con los que cree que N se aloja. Los llamamos, uno de ellos nos lo confirma. N está sano y salvo y yo llego tarde a mi cita con "El hundimiento". Me despido de C en el rellano de la escalera prometiéndole volver cuando termine el libro que me ha prestado, "Delirio", de su compatriota Laura Restrepo. Mientras voy por la calle Toledo hacia la Plaza Mayor pienso que C estaría más que dispuesto a liarse conmigo. Me gusta pensarlo, pero sé que yo no sería capaz. Si lo fuera, después me arrepentiría. Hace sol. S y yo nos encontramos y, a pesar de que no nos queda tiempo, subimos al metro y bajamos en Cuatro Caminos cuando la película ya ha empezado. Paseamos. S lleva dos coletas y un sueter rojo que le sienta bien. Estoy a gusto. La tarde empieza a declinar, se vuelve gris. Charlando llegamos hasta el Windsor, cada vez más pequeño y paulatinamente menos fotografiado. S me propone visitar la exposición del arquitecto Lamela en Nuevos Ministerios. Acepto. "Lamela 1954-2005" no es una muestra excepcional. Descubro que el arquitecto en cuestión es autor de la ampliación del Santiago Bernabeu y el aeropuerto de Barajas. Ha construido edificios de viviendas en la calle O'Donell y en Torremolinos... es el autor de las Torres de Colón y tiene hasta una teoría del cosmos. La sala está en penumbra y los escasos visitantes pululan en silencio entre las maquetas y las fotografías... S, a falta del proyecto para ser arquitecta, me explica algunas cosas. La escucho atenta. 21/03/2005La Casa de CampoN. me llama 48 horas después de su desaparición oficial. Hemos pasado tres meses sin hablarnos, pero esa tarde me recoge en la Plaza de los Cubos cuando salgo del trabajo y nos comportamos como si hubiera sido ayer cuando nos vimos por última vez. Está más gordo, lleva una sudadera roja y me cuenta que tiene un hongo en el pie. Todo muy propio de N. Me subo a su volvo azul, de segunda mano, y conducimos hasta La Casa de Campo, donde nos sentamos a tomar algo delante del estanque. Yo me pido un cortado con hielo y él unos escalopes con patatas fritas. Son las seis de la tarde y hay piraguas en el agua y poca gente a nuestro alrededor. Hace un día bonito. Charlamos, nos reímos, me cuenta su versión de los hechos, algo distinta a la de C. N siempre consigue esquivar la culpa y lo conozco demasiado bien como para intentar convencerle de su parte de responsabilidad en la trifulca que acabó con su expulsión del piso. No pierdo el tiempo con eso y, en cambio, le propongo que al día siguiente viajemos a Valencia para ver quemar las Fallas. Acepta sin dudar. El viernes, de nuevo en el Volvo, después de parar en un autoservicio de Cuenca lleno de camioneros, leo en voz alta "El malestar de la cultura" de Freud mientras N. conduce. Freud habla del "Sentimiento oceánico" y nosotros utilizamos la expresión para referirnos a algunos estados de ánimo propios. Nos reímos. No llegamos a casa demasiado tarde. 24/03/2005Sobre la importancia y el peligro de mirarse el ombligoEs curioso pensar en todos esos seres humanos que viven una vida entera sin hacer el menor comentario, la menor objeción, la menor observación. No porque esos comentarios, objeciones u observaciones vayan a tener un destinatario o un sentido cualquiera; pero a fin de cuentas me parece preferible hacerlos. Eso escribe Houllebecq al final de "Plataforma" (Anagrama), final que me reservo por si acaso aún no la habéis leído. Creo que tiene razón. Desde que empecé a publicar en este blog, a menudo le doy vueltas al porqué de la necesidad de contar cosas, de hablar sobre lo que hacemos, lo que pensamos o lo que nos pasa. A veces me parece que me miro demasiado el ombligo, y pierdo el tiempo ya no sumergida en mi mismidad (¿Existe esa palabra?), sino dedicándome a relatarla aquí minuciosamente, tomando como exusa mis inquietudes culturales y mi pasión por la ciudad en la que vivo, Madrid. Dar hace un par de días con el citado párrafo de Houllebecq me sirvió de consuelo, aunque conozco un contrapunto perfecto para semejante estímulo a la autoobservación, un cuento de Cortázar incluido en "Final de juego" (Punto de lectura); se llama "Axolotl": "Los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma." , explica el protagonista del relato, quien los descubre en una visita casual a un acuario y se obsesiona con ellos. Incapaz de hacer frente a la fascinación que le provocan los axolotl, empieza a visitarlos a diario, a pasar horas delante del cristal a través del cual los observa y siente que le observan ellos... hasta que de pronto es incapaz de distinguir el lado del cristal en el que se encuentra y descubre con terror que se ha convertido en un Axolotl. Relacionar "Plataforma" con "Axolotl" no es difícil. Houllebecq llama Michel a su personaje, le da su nombre... podríamos pensar que se trata de él mismo, que el escritor se basa en su experiencia y, por lo tanto, el observador es a la vez el objeto observado... encuentro algo de peligroso en eso, aunque soy consciente de que forma parte del juego literario y con frecuencia del "Universo blog". Pensaré en ello... meditaré. 27/03/2005Conversación sobre sexo lésbico en el café BelénNoche de Viernes Santo. S, Nat y yo nos perdemos en la frontera invisible entre Malasaña y Chueca. Mientras caminamos por las aceras húmedas rezando para que no vuelva a llover y buscanco un restaurante abierto en el que tengan la bondad de darnos de cenar, pienso que tiene cierto encanto perderse recorriendo las calles de la ciudad en la que vivimos, un extraño privilegio para los habitantes de las grandes capitales del que sin duda no disfrutan los oriundos de Albacete... eso me consuela. Nos aventuraramos hacia un japonés de Bilbao y en nuestro laberíntico recorrido pasamos por la calle Belén, donde descubrimos un café con el mismo nombre que a las tres nos llama la atención, algo tenebroso, con buena música y rebosante de bohemia. Más tarde decidiremos volver. Durante la cena, en contra de todo pronóstico, se pone interesante la conversación: empezamos con el sushi y la polémica sobre adopción sí/adopción no para las parejas homosexuales, y acabamos con bolitas de sésamo y pasta de arroz (excepcionales), planteándonos si seríamos capaces de mantener una relación lésbica. Con mis tres copas de vino blanco en el cuerpo y un porcentaje no despreciable de salidez, me lanzo a escandalizar a Nat, que respetando la tradición no ha probado la carne, y aseguro que yo no descarto la posibilidad de enrollarme con una mujer, "si surge"... ¿Donde voy? El alcohol me ha subido demasiado y noto que no sólo he sacado a Nat de sus casillas, sino que además he despertado el interés de las mesas de alrededor. Huyendo del espectáculo, mis amigas me sacan de allí y me "esconden" en la penumbra del Café Belén. Hay varias mesas vacías. Me pido un cortado con Baileys, S una Caipiriña y Nat un carajillo. En la barra, una pareja de hermanos gemelos de lo más alternativos comparten charla con sus respectivas novias, una rubia y la otra morena, las dos delgadísimas y, eso sí, muy muy sofisticadas en su estilo de "todo me da igual y si voy un poco zaparrastrosa, mejor". Continuamos con nuestra acalorada discusión y me mantengo en mi postura. No les miento, no quiero picarlas. Es verdad que a veces me he imaginado besando a una mujer, si bien no me he sentido atraída por ninguna desde mi más remota adolescencia y creo que no se me ocurriría a estas alturas tomar la iniciativa con ninguna, porque no siento atracción. pero, ¿y si ella la tomara? ¿y si an alguna chica le gustara yo y me besara con la misma "osadía" (¡Dios! A veces resulto muy medieval) con que se lanzan algunos chicos. ¿Quién me asegura que mi reacción no me sorprendería? Al día siguiente, víctima de mi soledad, caigo en la tentación de elaborar una teoría en la que comparo los cuerpos de los hombres y las mujeres con países, ciudades y pueblos que puede o no merecer la pena visitar... estoy fatal, ya lo sé. Por la noche L se queda a dormir y en una conversación que se prolonga hasta las tres de la madrugada me dice que concibe el sexo como algo que le produce asco, algo "sucio", esa es la palabra que usa. Tiene 22 años y es gay. Me sorprende su visión del asunto. |
Este blog no tiene nombre. No me dejó llamarle porque ni él ni yo sabemos muy bien qué queremos contar. Va creciendo sobre la marcha y cambia de color como los camaleones. En cualquier caso, eres bienvenido.
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