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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005. 05/06/2005Sobre avestruces y argentinosNadie lo mira, a nadie le sorprende después de tanto tiempo en el barrio. Se han acostumbrado a él y únicamente los que llegamos a Usera como quien llega a una isla desierta de forma accidental nos sorprendemos con la presencia un tanto surreal del avestruz. Cuando a las diez emprendemos el regreso, me pregunto si volveré a verlo. Sonia me dice que sí, que siempre volveré a Usera porque nuestra amiga K vive allí y el barrio va a cabar por convertirse en un lugar al que acudir con relativa frecuencia... pero por lo pronto nos vamos. Cenamos en el japonés donde, sin haber reservado mesa, tenemos que conformarnos con asientos en lo que la camarera llama el "sushibar". Después tomamos el enésimo Beefeater con limón, esta vez en el argentino (C/ Garcilaso 5, metro Bilbao), un local donde los argentinos que viven en Madrid se reunen para confirmar que no están solos ni demasiado lejos de casa... reflexiono sobre eso mientras Sonia me deja para ir al baño y concluyo que se sienten un poco como avestruces en Usera. Semejante chorrada me confirma que vuelvo a estar un poco borrachuza. Ya en casa, me alegro de que la luz del portal siempre esté encendida. A las tres me duermo. 14/06/2005Soledad. Apunte IVEmpalmar la siesta de las cinco con el sueño nocturno de las doce es muy fácil, basta con que hayas madrugado y no tengas a nadie en casa para despertarte. Te acuestas con la ventana abierta, aún es de día fuera, se oyen las voces de los críos que ya no tienen cole por la tarde y los pasos de la gente que entra en el edificio y recorre el pasillo al que da tu puerta. Caes rendido mientras intentas adivinar la clase de calzado que lleva cada uno: esta, tacones; este, zapatillas; sandalias... zzzzzzzzzzz. Cuando vuelves a abrir los ojos la noche ha caído y sólo se escucha la radio del vecino, que no puede conciliar el sueño sin tener los informativos a toda voz. Pero esto es sólo un hecho, no algo triste. No añoro que me despierten. 25/06/2005Tetralogía II. La línea amarillaMe largo. Sólo es la una y media de la madrugada cuando abandono la fiesta y asumo que estoy borracha... pienso en llamar a mi último rollo, pero me digo a mí misma que al hacerlo le daría una prueba más de mi debilidad, de que estoy triste, y me rechazaría. Mejor no, mejor ponerse a escribir aunque mi capacidad de pensar funcione entrecortada, igual que la voz al otro lado del teléfono en un día de tormenta. Escribo: “Nadie sabe como la noche llega hasta el andén. Es allí donde salvo a mi vida del naufragio y le permito alcanzar la playa desierta de una espera construida con letras mal dibujadas, que saltan al papel mientras me tambaleo con la fe de que pronto aparecerá el metro. He leído a Anaïs Nin. No sé por qué, pero quiero decir que la he leído, que he reído, que he practicado el sexo... y que, aún así, feliz, lo que se dice feliz, no he sido. Pienso en lo fácil que sería cruzar la línea amarilla de seguridad y saltar, dejarse arrollar por el tren lanzando al aire este cuaderno de páginas rojas en el que guardo mil historias de deseo que me mantienen despierta, pero no lo haré. Me quedaré un rato más vagando por esta madrugada misteriosa, con la textura de un sueño, hecha para los que escriben borrachos y se columpian al borde de la línea amarilla pensando en morir. “Morir”; una palabra absurda. ¿Morir para qué? No hay razón, han existido demasiados malditos antes que yo.” 28/06/2005Influencia del arte y los objetos. FragmentoTengo miedo de que llegue el momento en que pueda descansar la vista en un rincón oscuro, vacío de todo lo que me recuerda a ti. Regresaré y pasará el tiempo, y habrá tardes en las que pasearé por la ciudad sin imaginar mil encuentros casuales contigo. Sólo volveré a verte cuando ya no signifiques nada, en algún cruce, quizás en la cola de un cine o en una cafetería. No se me erizará la piel. Tú me pedirás disculpas por la forma en la que me abandonaste y yo las aceptaré diciéndote que no fue para tanto. No te estaré mintiendo. 29/06/2005PlazasMi felicidad, es cierto, alcanza cotas insospechadas gracias a circunstancias en apariencia bastante bobas. Las plazas son un ejemplo. Me gustan las plazas de Madrid. No lo puedo evitar. Si una tarde como estas, de verano, quedo con alguien para tomar algo en la mesa de una terraza o en un bar, y da la casualidad de que el local está en una plaza... FELICIDAD al canto. Rara es la vez que no me descubro a mí misma contándole a mi interlocutor lo bonita que está la ciudad y la suerte que tenemos de estar sentados delante de una caña, al sol, cual octogenarios de vuelta de todo... ahora me rio, pero es la verdad. Ranking de Plazas: La plaza del Carmen, donde me tomé el otro día con M una tónica mientras ella me contaba la historia de "El bajito"; la plaza de Santa Ana, la de San Ildefonso, donde un local cuyo nombre ahora no me viene a la cabeza tiene los cafés a un precio más que decente... y mi favorita, la plaza de los Cubos, con los cines Princesa y un montón de establecimientos de comida basura alrededor. Me gusta sentarme a leer en los escalones de esa plaza mientras espero a alguien o hago cola para entrar a ver alguna película. 30/06/2005Un señor barrigudo¿La gente no se marcha de vacaciones? Pues no. Si me tengo que guiar por el flujo de visitantes que cada tarde desborda la librería, puedo concluir que, muy lejos de estar a finales de junio, aún vamos por febrero. Esta semana trabajo de tres a nueve y el paréntesis de 18.00 a 20.30 es mortal. Ayer me convertí en la víctima del señor barrigudo, un ser con indumentaría playera -bermudas azul marino y camiseta blanca, manchada de marrón-, voz de carajillero, halitosis y acento andaluz. Fascinante. El señor barrigudo eligió dos libros de la sección de Ciencias Humanas (yo creo que al azar y, por supuesto, sin ninguna intención de comprarlos) y empezó a perseguirme con uno en cada mano preguntándome a gritos cuál de ellos me parecía mejor. Antes de venir a por mí, había llevado a cabo la misma operación de acoso con todos mis compañeros, más veteranos que yo y entrenados para eludir a personajes como el señor barrigudo. Sin detenerse ni un segundo, hablando en marcha, le contestaban: "ese es mejor"; y, ¡puf!, echaban a correr para desaparecer entre la multitud, como si nunca hubieran existido. Pero yo no pude. Me cazó en uno de los ordenadores y tuve que resolver su duda existencial fingiendo que me importaba aunque fuera un poquito. Había que decidir entre una biografía de bolsillo de los Borbones y un ensayo sobre los abusos de EE.UU en Guantánamo. Le dije: "Mejor el de EE.UU"; y el formuló la pregunta terrible: "¿Por qué?" - Yo creo que será más interesante. - ¿Por qué? - Es más actual. - ¿Por qué? ¡Rediós! ¡¿Cómo que por qué?! Mis compañeros me explicaron más tarde que todos los señores barrigudos sufren una regresión a la primera infancia que les lleva a interesarse con insistencia por el porqué de las cosas, por eso si ves que alguno se te acerca es mejor huir. Me invitaron a una caña y se me pasó un poco la paranoia, aunque me diijeron que probablemente, en los próximos días, tendré alguna pesadilla. |
Este blog no tiene nombre. No me dejó llamarle porque ni él ni yo sabemos muy bien qué queremos contar. Va creciendo sobre la marcha y cambia de color como los camaleones. En cualquier caso, eres bienvenido.
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