Búsqueda de la felicidad
Jueves noche. Por la mañana, Rajoy y Aguirre han sobrevivido a un accidente de helicóptero. Cuando me entero, estoy viendo a María Teresa Campos en mi salita y, no sé por qué, mirando hacia la ventana asimilo la existencia de esa temeraria y surreal acción paralela: mientras como arroz con higaditos, Rajoy acepta estóico el diagnóstico acerca de su dedo corazón. Se lo ha roto. A cambio ya es un superhéroe. Historia genial.
Termino de comer, friego, me visto, me voy a la librería. La tarde transcurre sin incidentes, el libro de Punset se agota después de su indefinible entrevista con Buenafuente, y al terminar el Mareas nos acoge con los brazos abiertos y un trío de tapas grasientas que deboramos entre sorbo y sorbo de vino blanco. Sprima lleva un broche de mariposa con las alas negras y piedras violeta. Quiero uno. D, el único hombre, tiene una gorra que le está pequeña y ¿p? nos invita porque el día anterior cumplió 23 años. Sin novedad en el frente. La noche es fría. No llueve, pero un aguanieve muy fino nos empapa los abrigos al salir. Sprima nos abandona y el resto dirigimos nuestros pasos hacía La Canela cruzando la plaza de las Descalzas, arrimados a las fachadas de los viejos edificios del centro.
Madrid navideño. En nuestro trayecto intuimos el belén de Cortilandia, que esta vez ha elegido el mar como escenario y se ha inventado un Neptuno con pinta de drag queen. Ya en el local discutimos con vehemencia sobre la utilidad de los sindicatos. Delante de una Heineken, en la penumbra, D se queja de lo que gana, de las horas que trabaja, del nivel de vida de la humanidad en general; y yo recuerdo que Punset todopoderoso contó el día anterior como el 70% de los participantes en una encuesta "requetecientífica", aprovecharon el anonimato y respondieron afirmativamente a la pregunta de si eran felices.
Volvemos a casa pasadas las dos, deshacemos el camino. Las puertas de la librería están abiertas para los camiones que llevan el género de madrugada. Hay gente, siluetas negras a contraluz, descargando paneles y roles a la intemperie, ocupando la calle desierta. Nosotros sólo pasamos por allí en dirección a la Gran Vía, pero eso basta para escuchar los sonidos de la carga y descarga. Las ruedas de las bases deslizándose por el suelo mojado de Preciados; los comentarios ininteligibles de los operarios. Una vida que no compartimos y que transcurre a la vez, como los accidentados del helicóptero o las putas de Montera, cuya existencia transcurre inexorable hacia algún lugar.
¿Qué espero? Saco dinero a la altura de Alcalá y, tras despedirnos de D, continuo andando con ¿p? en busca de un taxi. Hablamos, nos reímos. Estamos heladas. No espero nada. Me basta con tener la sensación de que estoy en camino, de que todavía falta mucho para llegar. La idea de llegar a alguna parte me pone triste. Prefiero pensar en la realidad de hoy como en la enésima parada, lo que significa que más tarde o más temprano la tendré que abandonar. Hay un montón de caras, un montón de voces, y quiero que me escuchen y escucharlas todas.
Punset dijo que la felicidad está en la búsqueda. Peligroso encontrarla. Si lo hago a lo mejor me calló y con los ojos cerrados la vuelvo a enterrar.
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