Gente
Me gusta la gente que no se esconde detrás de citas, noticias y estadísticas, y cuenta su historia.
El miércoles, en ausencia de Pequeño friki, que se niega a acompañarnos, me pierdo con Sprima por las calles del centro. No lo planeamos. Salimos a las tres y veinte y acabamos bebiendo vino blanco en un Cañas y Tapas cercano a la calle Arenal, el mismo al que me arrastró Pequeño friki después de comprar sus zapatillas rojas. Las dos solas, sin apenas conocernos, con el trabajo y la edad como único factor común. Sprima tiene los ojos verdes. Es graciosa, morena, a veces colocando los libros se pone histérica. Hay en ella algo de infantil y mucho de verdad.
Mientras me escucha con paciencia, la caida de la luz sangra la tarde detrás de los ventanales del local. Cambian los clientes a nuestro alrededor, por lo general turistas que comen a deshora y no hablan español. Ya casi son las seis cuando, sin dejar el vino, nos decidimos a pedir un par de tostas y una sartén de huevos rotos. Sprima, que tiene dificultad para distinguir los autores vivos de los autores muertos, me habla de su familia, de la época en la que trabajó en el Rastro los domingos; de su vida en Villaverde.
No pasa nada.
Un encuentro en un bar; una charla agradable; otro día entresemana que se cierra como un círculo delante de alguien a quien escuchar y que me escucha. La gente está por todas partes, llena la ciudad, no se detiene ni piensa; no se queda ni un segundo al margen. Nosotras sí. Dentro del Cañas y Tapas, tengo la sensación de estar en un coche que corre a una velocidad sólo perceptible por lo borroso de las imágenes que se suceden rapidísimo al otro lado de la ventanilla. Sprima no consigue terminar El guardián entre el centeno sin embargo, lejos de rendirse y abandonar la lectura, lo lleva con ella a todas partes. Yo continuo con Kitchen. En la página 89 leo: "el miedo hace que las hormigas parezcan elefantes". Conclusión: mejor no tener miedo. Hacer las cosas y no tener miedo.
Esta mañana Pequeño friki ha subido a la cuarta planta para proponerme que nos fuéramos de cañas a la salida. Le he dicho que no. Él me ha acariciado la nuca y, antes de marcharse, sin mirarme, ha dicho: "otro día". Ya no está. Me ha puesto triste. Es la guerra e intuyo que no vamos a rendirnos ninguno de los dos o, lo que es peor, que estoy luchando sola porque, conociendo a Pequeño friki, me parece a mí que mucho mucho no se entera.
Hoy comí con S. Vino a buscarme a la salida con mi regalo de cumpleaños. Delante de un plato de Sushi le confesé que las hormigas están empezando a parecerme elefantes y ellá, eludiendo todas las metáforas, sentenció: "habrá otros hombres". Sé que tiene razón, pero ahora mismo lo que toca es hundirse en la miseria.
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Vótame, vótame, vótame...