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No me llames

Gente

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Me gusta la gente que no se esconde detrás de citas, noticias y estadísticas, y cuenta su historia.

El miércoles, en ausencia de Pequeño friki, que se niega a acompañarnos, me pierdo con Sprima por las calles del centro. No lo planeamos. Salimos a las tres y veinte y acabamos bebiendo vino blanco en un Cañas y Tapas cercano a la calle Arenal, el mismo al que me arrastró Pequeño friki después de comprar sus zapatillas rojas. Las dos solas, sin apenas conocernos, con el trabajo y la edad como único factor común. Sprima tiene los ojos verdes. Es graciosa, morena, a veces colocando los libros se pone histérica. Hay en ella algo de infantil y mucho de verdad.

Mientras me escucha con paciencia, la caida de la luz sangra la tarde detrás de los ventanales del local. Cambian los clientes a nuestro alrededor, por lo general turistas que comen a deshora y no hablan español. Ya casi son las seis cuando, sin dejar el vino, nos decidimos a pedir un par de tostas y una sartén de huevos rotos. Sprima, que tiene dificultad para distinguir los autores vivos de los autores muertos, me habla de su familia, de la época en la que trabajó en el Rastro los domingos; de su vida en Villaverde.

No pasa nada.

Un encuentro en un bar; una charla agradable; otro día entresemana que se cierra como un círculo delante de alguien a quien escuchar y que me escucha. La gente está por todas partes, llena la ciudad, no se detiene ni piensa; no se queda ni un segundo al margen. Nosotras sí. Dentro del Cañas y Tapas, tengo la sensación de estar en un coche que corre a una velocidad sólo perceptible por lo borroso de las imágenes que se suceden rapidísimo al otro lado de la ventanilla. Sprima no consigue terminar El guardián entre el centeno sin embargo, lejos de rendirse y abandonar la lectura, lo lleva con ella a todas partes. Yo continuo con Kitchen. En la página 89 leo: "el miedo hace que las hormigas parezcan elefantes". Conclusión: mejor no tener miedo. Hacer las cosas y no tener miedo.

Esta mañana Pequeño friki ha subido a la cuarta planta para proponerme que nos fuéramos de cañas a la salida. Le he dicho que no. Él me ha acariciado la nuca y, antes de marcharse, sin mirarme, ha dicho: "otro día". Ya no está. Me ha puesto triste. Es la guerra e intuyo que no vamos a rendirnos ninguno de los dos o, lo que es peor, que estoy luchando sola porque, conociendo a Pequeño friki, me parece a mí que mucho mucho no se entera.

Hoy comí con S. Vino a buscarme a la salida con mi regalo de cumpleaños. Delante de un plato de Sushi le confesé que las hormigas están empezando a parecerme elefantes y ellá, eludiendo todas las metáforas, sentenció: "habrá otros hombres". Sé que tiene razón, pero ahora mismo lo que toca es hundirse en la miseria.

***

Vótame, vótame, vótame...

Reproducción más o menos fiel de la realidad

Martes 18 de octubre, algún momento después de las doce y antes de la una del mediodía. Empiezan mis quince minutos de descanso en la librería. Entro en la cafetería con un bombón en la boca y veo por primera vez durante la mañana a Pequeño friki. Está en la zona de fumadores hablando con una cajera morena. No me hace mucho caso. Me acerco:

PEQUEÑO FRIKI: Hola.
YO: Hola, ¿qué tal? (pronunciado mientras mastico el bombón, que escondía una almendra dentro. Por lo tanto, CERO ATRACTIVO)
PEQUEÑO FRIKI: Hasta la polla.
YO: Ah... (me trago la almendra de golpe, por un instante pienso que me voy a ahogar). ¿No me felicitas?
PF: ...
YO: Es mi cumpleaños.
PF: Pensaba que era el 22.
YO: Bueno, da igual, pero que sepas que si no me regalas nada te consumirás en el Infierno.
PF: Te lo regalaré el 22.

Ni todo esto ha ocurrido en la sala ni sólo ha ocurrido todo esto, pero es lo básico de las últimas 24 horas. Bienvenidos sean los 28.

***

Votadme al menos.

Los cien nombres de Alá

Los cien nombres de Alá

No avanzo en el relato. Eso está mal. Se supone que son mis cuentos los que van a sacarme de la miseria, a librarme definitivamente de cargar con el adjetivo “mantenida” a mis espaldas que mañana cumplen 28 años. ¡Socorro! La responsabilidad del paso del tiempo cae sobre mí de repente, mientras agonizan mis 27. ¿Se nota que me he quedado sola, no? Después de haber compartido mis 48 metros cuadrados de vivienda con cuatro personas durante 72 horas, vuelvo a pensar mucho en cosas sin importancia ahora que los tengo sólo para mí.

Tonins me abandonó está mañana. Su autobús salía a las 8 de Avenida de América. Se ha marchado a Santander para continuar trabajando en el análisis funcional no arquimediano. En Chile lo hacía “en grado infinito”; aquí lo hará “en grado uno”. Cristina y el profesor Wim, una eminencia holandesa en la materia, lo están esperando en la universidad de semjante provincia. No entendí nada de lo que me explicó ayer delante de un par de Kebabs en Santo Domingo, pero sus objetivos me parecieron tan serios, tan necesarios para la humanidad en comparación con mis tribulaciones sobre Pequeño friki, que consideré más que justificado el que tuviera que dejarme.

Era el último huésped que me quedaba. Me despertó cuando ya tenía las maletas en la puerta y me dio un par de besos de los que no me enteré mucho porque estaba medio dormida. Con su marcha, el fin de semana ha quedado reducido a una estela cada vez más fina. Adiós a Ana Mari, a M. Y a Marti, que habrán pasado esta mañana ya en Valencia, probablemente juntas en la biblioteca del barrio, hojeando catálogos de ropa y tomando cafés en el bar de la esquina; adiós a la madrugada perdida en La Galería bailando canciones no demasiado recomendables y viendo como S jugaba al futbolín... adiós al avestruz de Usera y a la cena en Palermo Viejo... adiós a las profundas y sensatas reflexiones de T&T en el único local de Malasaña donde se molestaron en montar una mesa para nueve sobre la inconveniencia de permanecer cerca de los electrodomésticos... uhmm... igual que entraron, todos han vuelto a salir de un salto de mi rutina. Únicamente me quedo yo, que no puedo escapar. Sólo a mí me corresponde soportar a perpetuidad mis chorradas en torno a Pequeño friki y el agujero negro que es la librería.

Alá tiene cien nombres de los que se desconoce uno; Pequeño friki tiene por lo menos 200 y en este blog nos los sabemos todos. Como si se tratara de una atracción turística, a lo largo del fin de semana uno a uno mis invitados fueron pasando con disimulo por nuestro lugar de trabajo para ver en vivo y en directo a Pequeño friki y a continuación buscarme para dar su opinión. Ajeno a su capacidad de convocatoria, similar a la de Copito de Nieve en su época dorada, Pequeño friki se dejó contemplar cual fiera salvaje, feliz en su habitat: revolcándose por el suelo mientras colocaba libros, rascándose la perilla... en fin, desplegando todo su atractivo. Lo curioso es que a nadie le pareció "tan feo" como honestamente me parece a mí. Eso sí, cada uno se refirió a él de una manera distinta: Frikins, Frikis, Frikito, minifriki, frikiman... little friki... qué lejos está de haberse convertido en alguien tan observado. ¿Quién se lo iba a decir?

La historia tiene gracia, pero también encierra cierta tristeza, una melancolía que sale a flote cuando desde esta tarde pienso en que, a la vez que transcurren los segundos para mí, inmortalizados con las yemas de mis dedos sobre el teclado, a la vez avanzan imparables las vidas de mis amigos en otras ciudades o a algunas calles de distancia... empieza a anochecer antes y caen sobre nosotros un montón de acontecimientos simultáneos e incomunicables con exactitud. Nadie ve a Pequeño friki como yo lo veo, relacionado por un hilo invisible con el análisis funcional no arquimediano y un montón de nombres de vinos argentinos. Y es que lo que nos pasa no se puede contar. Confiar en lo contrario resulta ingenuo.

Todos saltan de nuestro barco menos nosotros. Vuelven al suyo.

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¿Me votas?

Ana Mari, Tonins y el cumpleaños ecuménico

Ana Mari, Tonins y el cumpleaños ecuménico

12.35 de la mañana. Llueve. Madrid tiene el color del cemento y no porque yo esté más o menos animada, sino porque el otoño ya está aquí y con él la ciudad se vuelve borrosa, tan impenetrable como poco sólida; parece de acuarela, el escenario de la viñeta en blanco y negro de un cómic. Transcurre lenta. Sin embargo, paralela a su lentidud, en el interior de mi bajo escasamente iluminado, la animación se impone cruel sobre todas nuestras tristezas.

Ayer por la noche me despedí de Pequeño friki a la salida del metro y, para variar, el último intercambio de frases graciosillas con él cayó a plomo en mi estómago con la tensión de una bomba de relojería. Llegué a casa y no había nadie. Cuestión de minutos. Me acababa de poner el pijama cuando se abrió la puerta y aparecieron Ana Mari, Marti y S. Venían de Ikea, el nuevo motor de Alcorcón, más felices que lombrices. Todas habían comprado algo: unas perchas de colores; un florero de cristal con su correspondiente cargamento de flores secas; cajas desmontables para encima de los armarios y cinco marcos con sus correspondientes láminas lánguidas y combinables.

Me muerdo las uñas otra vez.

Encargamos una pizza por teléfono y nos disponemos a ver la final de OT. Gran plan. Bebemos cerveza y Coca Cola; comemos papas. Nos reímos. En los intermedios desarrollamos conversaciones absurdas. La que se lleva la palma es una sobre las ciudades sin canción. Madrid, México, Valencia, Sevilla, Roma... tienen canción. ¿Por qué Badajoz no la tiene? ¿Por qué Soria tampoco? O, lo que es peor, ¿por qué si la tienen no la conocemos? Todas las ciudades deberían tener una canción con la que presentarse al mundo. Eso es lo que concluimos.

Ana Mari y Marti llegaron el miércoles desde Valencia. Hoy, desde Valencia también, llegará M. Y a las seis, desde Chile, llegará Tonins, un ex erasmus amigo de mi hermana que aparece de forma intermitente en nuestras vidas. Mañana celebraremos todos juntos mi cumpleaños; el de N, que es argentina; y el de T, que es alemán. Para ello contaremos con la presencia de K y su marido, que hace un par de años cambiaron Perú por Madrid. Espero que mis inevitables 28 años se vean bendecidos por esta especie de festejo ecuménico que se aproxima. Me lo merezco.

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¿Un voto cumpleañero?

Una lámpara de tortuga para 84, Charing Cross Road

Una lámpara de tortuga para    84, Charing Cross Road

Ayer llovió. Cuando salí de trabajar a las nueve y media Pequeño friki me esperaba en la puerta para volver a casa. No hacía frío, la lluvia se imponía sobre la bajada de las temperaturas, pero el tiempo era desapacible y el suelo resbaladizo de la calle del Carmen, inseguro para alguien tan torpe como yo, que siempre se está cayendo. Nuestro regreso fue triste, con una conversación entrecortada. Buscando un tema, le hablé de la novela que él mismo me había recomendado tiempo atrás y que había empezado a leer en el metro esa misma tarde, 84, Charing Cross Road. En aquel momento no había pasado de la página 25. Le dije que me gustaba.

Llegué a casa, cené pasta, vi Intermezzo por obra y gracia de Garci, y me fui a la cama después de hablar con mi madre pasadas las doce. Activé la alarma del móvil para que sonara a las diez y media. Me he despertado a las 8.40 con dolor de cabeza y cierta desazón: demasiado pronto para levantarse, demasiado tarde para volverse a dormir.

En mi mesita de noche tengo una lámpara con forma de tortuga. Las patas, la cola y la cabeza son de hierro; el caparazón está hecho de cristalitos de colores. Mi padre me la regaló una vez por Reyes y recuerdo que entonces(aún vivía en Valencia) me decepcionó; cosa que le hice ver claramente, dado el tacto que me caracteriza. Sin embargo al venirme a Madrid me la traje conmigo. Ha sobrevivido a mis dos mudanzas y ahora la tengo al lado de la cama. Su luz es suficiente para facilitarme la lectura. Eso es lo que he hecho: me he arrastrado hasta la cocina para preparame un café con leche y con la taza del Starbucks he vuelto a la habitación donde, tras confirmar que el polvo sigue en su sitio, protegiendo la cómoda y el marco del espejo, he doblado el almohadón, he encendido la tortuga y he abierto 84, Charing Cross Road por la página 25. La he leído de un tirón.

Es una historia de libros y cartas entre una escritora de Nueva York y un librero de Londres. Su correspondencia empieza en 1949 y termina 20 años después... he recorrido 20 años en hora y media!! Tapada hasta la barbilla con la sábana, la colcha y el batín azul; aliméntandome exclusivamente de sorbos cada vez más fríos de café con leche y escuchando los pasos de los vecinos que se marchaban a trabajar. Y he pensado que por fin me sentía bien después de la noche anterior. Luego he escrito todo esto intentado explicar por qué me gustan tanto los libros.

Termino con un fragmento de una de las últimas cartas de Helen, la escritora de la novela, en la que reflexiona acerca del hecho de no haber estado nunca en Londres. Sustituid Londres por alguno de vuestros deseos no satisfechos. Ya hablaremos.

"Interrumpo la tarea de limpiar mis estanterías y me siento en la alfombra, rodeada de libros por todas partes (...) no sé... tal vez sea mejor que nunca haya estado allí. Soñé tanto con ello y durante tantísimos años... solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaría la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: 'Está allí'.

Tal vez sea cierto o tal vez no. Porque ahora, al mirar a mi alrededor en la alfombra, siento una certeza: está aquí."


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¿Me votas?

Importancia de la ciudad

Importancia de la ciudad

Conozco tres grandes novelas cuya protagonista absoluta es la ciudad: Contrapunto, de Huxley; Manhattan Transfer, de Dos Passos; y Berlín Alexanderplatz, de Döblin. Seguro que hay más, pero para mí estas son las pioneras en su género. En ellas los personajes no tienen otra función que la de trasladar la acción de un espacio a otro, de una situación a otra, para mostrarle al lector el peso del escenario urbano, su presencia como un ente vivo que influye y condiciona la historia.

Ayer pasé la última tarde de convalencia en compañía de T, que vino a visitarme a cambio de dos tazas de helado de chocolate y un ratito de conversación. Con la tele apagada y la lámpara de mesa encendida, sentadas cada una en una de las butacas antilujuria de la salita, hablando de Valencia y de Madrid concluimos que existen dos tipos de personas: seres con una día a día que bien podría tener lugar indistintamente en Albacete o en Pekin y seres para los que la ciudad que habitan es insustituible, ya que forma parte del complejísimo entramado que constituye su vida (la vida siempre constituye un entramado complejísimo). Sin duda yo me incluyo en el segundo grupo.

Todos deberíamos tener la oportunidad de buscar nuestra ciudad. Cada vez estoy más convencida de que no tiene por qué ser aquella en la que nacimos. Hay ciudades que nos hablan y nos miran con complicidad, que nos reservan un lugar en el que refugiarnos cuando nos falla el ánimo. En otras, en cambio, tenemos la sensación de estar paseando por encima de un cadáver al que no le puede importar lo que nos pasa por la cabeza. En ese caso hay que huir, está claro que ese no es nuestro sitio. ¿No os lo habéis preguntado alguna vez? Creo que Huxley, Dos Passos y Döblin piensan lo mismo.

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¿El voto nuestro de cada día?

Gripe

A las 9.45 de la mañana llamo al trabajo y Reponeitor me coge el teléfono. Es la primera persona con la que hablo hoy. Desde la cama, rodeada de papel higiénico y al borde de la asfixia por culpa de la congestión, le digo que no voy a ir. Estoy mala. Reponeitor es amable, me da ánimos, me dice que me cuide, y cuando le cuelgo siento que mi simpatía por él aumenta. Le visualizó solo en la cuarta planta, perdido en una maraña de roles cargados de libros, con el chaleco puesto y cierta desidia intrínseca, esperando sin ganas a mis compañeros, que no le toman demasiado en serio.

Es un hecho: tengo gripe. Estoy infectada por un virus que induce sin duda a la depresión. Llego hasta el baño con la energia de un alma en pena y encuentro una cucarachita minúscula, marrón, recorriendo veloz el borde de la pila. Pienso en matarla, cuestión de una fracción de segundo, sin embargo al final le permito escapar. Es muy pequeña.

Salgo a la calle en busca de un justificante médico y lo veo todo gris, como si la realidad sólo estuviera medio encendida. Aún no son las once cuando en el consultorio con luz de nevera de Doctor Esquerdo, después de darle mis datos a un celador tipo, espero mi turno. Voy detrás de una mujer demacrada, que se apoya lánguida en el hombro de su marido y se levanta un par de veces al baño para vomitar de una forma nada discreta. Los demás escuchamos sus arcadas sentados en las sillas de plástico, mirando al suelo, consultando el móvil, franca e incomprensiblemente incómodos. Está tan mal que la chica que va delante de ella le cede el turno. Me llama mi madre.

El médico que me atiende es canario y me receta un montón de pastillas. Gasto en farmacia: 15 euros; gasto en media docena de cruasans y una napolitana de jamón york y queso: 2,65 euros. No he perdido el apetito. P&C me mandan un sms deseándome que mejore; de Pequeño friki no sé nada. Coti suena sin cesar, acompañante principal de mis horas en vela. Mañana será otro día.

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¿Votito?

Diez cosas pendientes

Diez cosas pendientes

1. La compra en el Champion.
2. Enviar un sms a todos los que se vayan a ver afectados colateralmente por mi gripe.
3. Poner una lavadora de ropa.
4. Terminar El beso de la mujer araña de una vez.
5. Poner una lavadora de sábanas.
6. Limpiar el baño.
7. Acabar el dichoso reportaje de Literatura japonesa.
8. Tratar de animarse.
9. Barrer y fregar el suelo.
10. Dejar de escuchar música que incite a la autocompasión.

Mi casa me espera mientras yo deambulo por ahí, saliendo con unos y con otros, con la sensación de haber perdido algo, pero la sola lectura de la lista me entristece. De manera que, cuando entro por la puerta, cansada de colocar libros y "atender al cliente", las únicas fuerzas que me quedan son para tirarme en la butaca y mirar al techo, a ver qué me dice. Desgraciadamente los techos no hablan. Lo que yo necesito es un oráculo que me garantice un futuro de éxito y sexo... sin embargo en casa no tengo ninguno y estoy demasiado cansada para irme a Delfos a buscarlo.

Ayer B me mandó un mensaje para contarme que mi ex compañero Ñ ha descubierto el blog y lo ha incluido en la lista de enlaces de su revista literaria. Al principio me alegré; luego empecé a pensar que en poco tiempo el resto de mis colegas de trabajo leerán estos post de intenciones dudosas... Pequeño friki me descubrirá... Hoy quería escribir sobre Reponeitor y las monjas. A Reponeitor le falta un diente. Antes escribir eso no implicaba ningún riesgo; ahora si Reponeitor entra en la página tal vez se tome a mal mi descripción.

Me temo que voy a empezar a herir sensibilidades a destajo. No queda más remedio.

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¿Un voto miserable?

Unas zapatillas rojas

Unas zapatillas rojas

Pequeño friki me pide a la salida del trabajo que le acompañe a comprar unas zapatillas rojas; y yo, desoyendo los consejos de T, de S, de mi madre... desoyendo los berridos de mi rabia, voy y le acompaño como una tonta. Se prueba un par amarillo, uno azul marino y el rojo finalmente. El número del escaparate es tan pequeño que en su pie parece una zapatilla de ballet. Se lo digo mientras se mira los pies en el espejo y se ríe. Se ríe como siempre, pero de repente no me besa ni me toca, algo ha perdido el brillo entre nosotros.

Aún no son las cuatro cuando salimos a la calle del Carmen con la compra hecha. Me sugiere que piquemos algo y vuelvo a aceptar. Acabamos en un Cañas y Tapas con una sartén de huevos rotos, una coca cola y una cerveza. Hablamos del trabajo, del eclipse, de mis cuentos; pasan los minutos y el día, que es gris y tiene el cielo color ceniza, se estrecha con la intención de aplastarme. Esa sensación se acentúa en el metro donde, uno al lado del otro, continuamos hablando del tiempo. Sigo el hilo de las tonterías que dice, sin embargo no pienso en ellas, sino en lo bien que hubiera estado darle plantón y dejarle sin cañas ni zapatillas. Definitivamente, soy débil.

Nos despedimos en la esquina de Goya con Conde de Peñalver. Me dice: "hasta mañana, cariño", y se pira. Así, tan tranquilo, sin más.

Estoy leyendo El beso de la mujer araña, de Manuel Puig. El principio es impactante: Molina le cuenta a su compañero de celda, Valentín, una película sobre una mujer que teme convertirse en pantera y descuartizar al hombre que ama.

Me voy a volver loca.

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Vótame en el concurso 20blogs del 20 Minutos. ¡¡¡Gracias!!!

No quedan días de verano

No quedan días de verano

En ausencia de Chus, el showman de Pozuelo, La Galería no acaba de arrancar. Para colmo, Josephus no me pone La sopa fría y el Valencia pierde 2-1 contra el Getafe. Menos mal que mi vendedor de música pirata particular, un senegalés probablemente ilegal, aparece en el bar con los Pájaros en la cabeza de Amaral. Lo compro por tres euros y me digo que no todo está perdido. Aún así, cuando S y yo emprendemos el regreso a nuestros respectivos hogares, no encontramos taxi. Después de esperar media hora, ella coge el búho y yo me vuelvo andando por la calle Alcalá, muerta de frío, con los riñones al borde de la congelación. Llego a casa a las cuatro menos cuarto de la madrugada. Me levanto a la una. Una noche más, no demasiado trágica para sorpresa de S, convencida de que iba a tener que levantarme el ánimo y recoger mis lágrimas.

Y es que sigo sin llorar. Ahora mismo, para variar, tengo un tazón de café con leche a mi izquierda y música ambiente. Escucho No quedan días de verano y pienso que es verdad. El verano se ha ido y con él he terminado una historia. Eso es mejor que nada. Lo hablo el sábado por la tarde con el 50 por ciento de T&T mientras esperamos que el semáforo de Colón se ponga verde para llegar a Goya. Hace calor y T me hace reír cada vez que pronuncia "Pequeño friki" con acento alemán. Hay chavales delante de los edificios de oficinas intentando bailar break dance y haciendo Skate. A T le gusta el Skate, no lo sabía. A cambio de semejante revelación, me pregunta si fumo. Ocasionalmente lo hago, lo que me convierte, supongo, en una especie de bohemia solitaria y tópica, con la casa llena de polvo, el pelo sin lavar y la expresión cincelada a golpe de vicios perseguidos por Mercedes Milá... ¿Sí?

No. Quiero ser dura, pero estoy sufriendo. A lo mejor no lloro, pero escribo más y me conmuevo con la ciudad, que me habla y resurge como una amiga incombustible para hacerme ver que sigue aquí, fiel, a pesar de que a mí se me olvide cuando me pierdo en aventurillas adolescentes.

Ayer por la noche, en el cruce de Príncipe de Vergara -desierto ya tan tarde- se me ocurrió que Madrid no va a dejarme y me acordé de C. Cuando salía con él, a menudo dormíamos juntos en el piso que él compartía en Embajadores. Era un séptimo, y desde su habitación, una ventana minúscula dejaba participar en nuestras noches de sexo a las azoteas del casco antiguo. Con Pequeño friki no ha sido así. A mi bajo interior no llegan los tejados ni las antenas, sólo el mate de un patio de luces minúsculo en el que retumba la actividad de mis vecinos. Nos hemos querido a ciegas, como topos; utilizando el lenguaje parco de los inexpertos y los refugiados de guerra... elecciones demoledoras para un amor de verano. El mío.

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¿Votas?

Del sexo ya hablaremos

Del sexo ya hablaremos

Vuelvo a estar aquí; otra tarde delante de la mesa que P se olvidó al marcharse como una especie de testamento mobiliario, escribiendo en el portátil, escuchando a Coti a la luz del flexo que mis padres me compraron en su enésima visita a Madrid... ahora mismo empieza Nada fue un error (Jodorowsky diría que no por casualidad y parafrasearía sin saberlo la canción) y me corre por dentro un cosquilleo muy parecido al que se deben inventar las actrices americanas cuando les toca interpretar papeles de heroínas injustificables en comedias de altísimo presupuesto y malísimo guión.

Estoy triste. Exijo mi derecho a llorar; siempre lloro cuando me dejan, y me dejan siempre, para que nos vamos a engañar. Sin embargo esta semana no he podido. Esta ciudad y los seres que la transitan me lo han puesto difícil. Incluso en el caos de la tragedia, hay algo que permanece porque está bien; un equilibrio invisible que, como un eje, me sostiene de pie y, no sin cierto lamento irónico que me recorre por dentro, me ayuda a reírme todos los días.

No estoy hablando de un premio de consolación, sino de la realidad: las mañanas surreales con mis compañeros en la librería; la cena del martes con Vitu en Palermo viejo -acabamos a las mil borrachos de vino argentino-; el encuentro con A.C. y S del miércoles en mi casa, con pizzas Tarradellas y Haagen-dazs incluidos; las conversaciones telefónicas con T que me llama prácticamente a diario desde su oficina; la improvisada ida al cine de ayer a ver El método (imprescindible) y las cañas en El Ambrosio (C/Bolsa) hablando de la correspondencia eterna entre Henry Miller y Anaïs Nin... ¿clavos ardiendo a los que eferrarse para olvidar con las quemaduras el silencio de Pequeño friki? Puede ser, es más que probable que esté intentando caer en una espiral de actividad frenética para no derrumbarme.

El caso es que hoy, al volver a casa a las cuatro de la tarde, la hija del portero me ha saludado desde su puesto de trabajo en el kiosko de la esquina mientras yo metía la llave en la cerradura del portal y ha roto sin saberlo la cadena de pensamientos negativos que he empezado a trenzar en el metro. Ha sido un día bonito de otoño, con Madrid al otro lado de la puerta, guardándome un montón de secretos y esperando paciente a que me siente a escribir. Supongo que seré capaz de transformar el abandono en Literatura. Ya lo he hecho otras veces. Toca desengancharse de Pequeño firki. Él se lo pierde.

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Vótame, dame ese gustito.

Cápsula

He vivido un amor-cápsula. Me lo tragué con el café con leche del desayuno e hizo rápidamente su efecto, espárciendo sus polvitos milagrosos por todo mi cuerpo en un tiempo aproximado de siete días. Después mi organismo asimiló el producto y mi historia de amor desapareció diluida entre plaquetas, glóbulos blancos y hematíes. Ahora ya no me queda ni rastro en las venas y tengo un poquito de mono, estoy un poquito triste ("poquito", menos mal, porque sólo fue una cápsula). Se me pasará.

Escucho a Coti, gracias Anita, y me preparo para cenar con Vituperio y desgranar mis penas como cuentas de collar. Siempre hay algo.

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¿Me votas?

El diario de Adán y Eva

En 1893, Mark Twain publicó su primera versión de El diario de Adán y Eva, incluida en The Niagara book, una especie de guía turística para promocionar las cataratas del Niagara. En 2005, Valdemar ha sacado una edición de bolsillo de la obra. Así ha llegado a mis manos y hasta aquí la traigo hoy, después de haberla terminado la tarde del pasado domingo, cuando todavía me quedaba en el cuerpo algo de resaca de Pequeño friki. No creo que en conjunto sea un texto genial, pero sí hay fragmentos capaces de sobrecoger al lectorcito de a pie. A continuación rescato uno, la última entrada del Diario de Eva. Espero que os guste:

Es mi oración y mi anhelo que muramos juntos... un anhelo que jamás perecerá sobre la tierra, sino que se alojará en el corazón de todas las amantes esposas hasta el fin de los tiempos. Y llevará mi nombre. Pero si uno de nosotros tiene que irse primero, rezo porque sea yo, porque él es fuerte y yo débil, yo no le soy tan necesaria como él lo es para mí... la vida sin él no sería vida, ¿cómo podría soportarla? Esta oración también es inmortal y no dejará de ofrecerse mientras mi raza continúe. Soy la primera esposa y la última me repetirá.

Ayer la versión teatral de El diario de Adán y Eva volvió a los escenarios madrileños de la mano de Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza. Podéis disfrutar de ella en el teatro Reina Victoria.

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¿Un mísero votillo? Que ya vamos los quintos en la categoría de Mejor Ciudad... y hay que ser los primeros... uhmmm

El beso

Pequeño friki me besó el viernes por la noche bajo la lluvia. Fuimos a ver Cinderella man al Cid Campeador, un cine antiguo, con sabor a años 40, que sobrevive en Príncipe de Vergara. Cuando salimos nos quedamos un momento en la entrada, como si hubiéramos llegado al final de algún camino.

Bebe sigue sonando y vuelve a ser domingo en Madrid. Ojalá a partir de ahora Pequeño friki me bese, si no todos, casi todos los días.

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Un mísero votito por favor.

La prima María José

La prima María José es ecuménica; es una prima universal, la prima del pueblo, que llegó el jueves desde Valencia para visitarme y en apenas 48 horas se puso al corriente de todos los altibajos de mi vida. La prima María José es la eterna excusa para cancelar las citas con el poeta A, una desconocida para el portero de mi respetable edificio barriosalamanqués y un bienvenido inconveniente a la hora de asistir a la cena con mis compañeros de la librería.

Me hacia falta. Pasear con ella por la calle Goya en dirección a la Plaza de Colón me sirvió para resucitar la ciudad. No dejaba de repetir "Cómo me gusta Madrid". Lo dijo en el Paseo del Prado, delante de La Cibeles y por la Calle de Alcalá, también delante de los paisajes de Corot, mientras transcurría la mañana de un viernes prematuramente otoñal, con sol y un poco de fresquito.

Por la noche, japonés carísimo en Ayala y Galería, donde la prima María José bautizó a José como Josephus y una tercera amiga se dio una alegría para el cuerpo... porque esa es otra de las cosas que invariablemente llegan con las visitas de la Prima María José: la aparición de hombres medianamente interesantes en nuestras vidas. Por desgracia, esta vez no fue en la mía... en mi cabeza continua la batalla por deshauciar a Pequeño friki, que se ha convertido en un inquilino que no paga pero tampoco desaloja... tiempo al tiempo.

El sábado a mediodía nos despedimos en Sol. La dejo en el andén de Atocha con la promesa de que volverá pronto... nos conocemos desde que teníamos tres años. Compartimos colegio, amigas y años de adolescencia, primeros y últimos novios, familia... cuando salgo a la calle del Carmen camino del trabajo me siento sola otra vez, cansada, con ganas de irme a dormir. Sin embargo aún me queda el cumpleaños de Vitu y un par de cervezas en el Mareas Vivas. Aguanto hasta poco antes de las once y me vuelvo a casa sola, sin esperar a Pequeño friki. Madrid de noche también me conoce.

Escucho a Bebe.

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¿Me votas? Concurso 20Blogs del 20 Minutos

Rabia

Ayer por la noche llegué a casa presa de la Rabia. Cuando metí la llave en la cerradura y, al abrir la puerta, me encontré con mi imagen dentro del espejo del recibidor, lo más parecido a mí era una olla exprés a punto de estallar, con todo el vapor a presión, pidiendo a gritos que me "destaparan" para que saliera. Lloraba, sin embargo no porque algo me doliera, sino porque algo necesitaba salir fuera de mí para no reventar. Afortunadamente pude hablar con alguien. De lo contrario, es muy posible que hubiera acabado estampando 2666 contra el espejo provocador o rompiendo el cristal de cualquier ventana con una silla.

Ayer descubrí que la Rabia no entiende ni de libritos ni de canciones. El Arte como paliativo no es lo suyo. Los objetos inanimados no sirven como antídoto a no ser que se esté dispuesto a asumir daños colaterales en un futuro próximo, cuando la Rabia haya pasado dejando a su paso un rastro de destrucción.

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¿Un votito?

Septiembre en La Galería

Septiembre en La Galería

Septiembre es un mes de resurrección para Madrid. Parece que acabe de despertarse de un sueño que creía definitivo y esté de fiesta. Lo compruebo el sábado, cuando me encuentro con S para volver a nuestras incursiones mano a mano en los restaurantes y locales del centro. La noche empieza bien: S me da una idea para el último cuento que reaviva mi ilusión. Conversando con ella avanzo tanto en la trama y en el perfil de los personajes, que salgo contenta de la cena en el Pakistani de Santo Domingo a pesar de la clavada que supone la cuenta.

La siguiente parada es en La Galería (Calle del Prado, 13), ese lugar donde José, el dueño, se interesa por nuestras vacaciones, nos recibe con mi canción favorita, La sopa fría, y nos invita a chupitos de crema catalana. Perfecto. La Galería me sirve para ratificar mi teoría sobre las similitudes entre Madrid y Albacete: siempre la misma gente.

Le cuento a S que, durante la semana, he coincidido en tres ocasiones con Ingrid Rubio: la primera fue en la librería, donde me preguntó por un libro de Gide que no teníamos; la segunda, en el metro, cuando me dirigía a casa de Vituperio; y la tercera, en la tele: haciendo zapping di con ella en un reportaje de Miradas acerca del próximo estreno de la película sobre Salvador Puig Antic. No importa la extensión de la ciudad, a veces pienso que nuestros recorridos son como circuitos cerrados, donde cada ausencia y cada encuentro están prescritos.

En La Galería nos reencontramos con Chus una vez más; ese ser. La clase de personaje que se engomina el pelo y se pone una camiseta con los colores de la selección brasileña para acudir al Carnaval de Carlinhos Brown... se sabe guapo, es el alma de la fiesta; conocido de prácticamente todos los parroquianos del bar (incluidas nosotras, que una noche tuvimos con él y uno de sus amigos una especie de acercamiento surreal).

Chus... su presencia dinámica me reconforta. Ha vuelto con septiembre tan guapo y sonriente, tan de Pozuelo de Alarcón, como le dejamos en julio... empieza el curso, chicos. A ver si el otoño nos trae suerte.

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Al final de la escalera

Al final de la escalera

Alguien, no sé quién, ha escrito recientemente que Al final de la escalera (1979) es una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. El comentario surge de la nada durante un sábado, en una cena en mi casa con mis compañeros de trabajo, entre chupito y chupito de tequila.

A la semana siguiente, Vitu compra el DVD y me invita a su buhardilla un miércoles por la tarde para que lo visionemos juntos. Nunca antes había ido a verle pero no me pierdo. Resulta que vive en la calle de El Argentino, el local al que acudo con S cada vez que cenamos en Nagoya. El edificio de Vitu, en proceso de restauración como medio Madrid, me estremece. Está envuelto en andamios y, en cuanto traspaso la entrada del portal, una finísima película de polvo cubre mi cuerpo. No hay ascensor. Subo por la escalera de madera y noto como crujen los peldaños bajo mis pies. En el segundo piso la voz de Vituperio me guía hacia un pasillo de no más de metro y medio de altura. Le distingo asomado a la última puerta mientras avanzo encogida hacia su llamada.

La buhardilla, rectangular, tiene 28 metros cuadrados, dos ventanas interiores y un tragaluz sellado, del que Vitu ha colgado una bolita plateada como las de las discotecas para multiplicar la luz. Todos los muebles son de Ikea y el suelo es de parqué. En el ordenador portátil hay un CD de música clásica que quitamos para dar comienzo a la sesión después de hablar de Pequeño friki y abrir un par de cervezas. Pequeño friki no soporta el cine de terror. Cuando era pequeño hizo la güija en un parque y les visitó un espíritu que escribió "hu, hu, hu" saltando por el tablero de letra en letra. Desde entonces Pequeño friki duerme tapado hasta la cabeza cada vez que tiene que ver una peli de miedo.

Al final de la escalera tiene algo de telefilm y, más que asustarme, me trae recuerdos del cine de otros tiempos en los que, por ejemplo, las referencias y el recurso constante al cine japonés eran impensables. George C. Scott sobreactua y los "sustos", al lado de Vitu, riéndonos cada dos segundos, no logran su efecto. A pesar de todo me gusta verla y con frecuencia me tapo los ojos con un almohadón.

La conversación pospelícula gira alrededor de los títulos que, en su momento, más miedo nos dieron: El resplandor y La semilla del diablo ganan por goleada. A las once me despido de Vitu y a las once y media me descubro en mi casa con la televisión encendida y la reposición de Aquí no hay quien viva campando a sus anchas por mi diminuto comedor.

Descrito así, parece un día triste. Horror.

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¿Un votito?

La extraña influencia de Los Goonies

La extraña influencia de Los Goonies

Nada podía hacer prever a Richard Donner, director, y a Steven Spielberg, en este caso guionista, que su película Los Goonies (1985) se iba a convertir veinte años después de su estreno en el telón de fondo ideal para que el tímido y apocado Pequeño friki se atreviera por fin, en el transcurso de una calurosa noche de sábado, a tocarme una teta (la izquierda, concretamente). Pero fue así, y no pudimos hacer nada por evitarlo. Sin embargo, antes de que semejante acontecimiento adoptara la consistencia pastosa de la realidad y horas después se convirtiera en la principal de mis tribulaciones, compartimos una casta noche de pizzas y cintas de vídeo en el apartamento de A, un bajo de Lavapiés próximo a la Filmoteca.

Vimos primero Golpe en la Pequeña China (1987), que no provocó en Pequeño friki más que la iniciativa adolescente de pasarme el brazo por la espalda y acariciarme ocasionalmente los hombros mientras repetía en voz alta los diálogos de Kurt Russell y Kim Catrall, aprendidos a fuerza de visionar la cinta aproximadamente cien veces. Por lo que a mí respecta, respondí devolviéndole con discreción las caricias.

A Golpe en la Pequeña China le siguió Requiem por un sueño (2000); y Pequeño friki, aunque reconoció a posteriori que se trataba de una quasi obra maestra, permaneció medio dormido durante la hora y media larga que duró la película. Eso sí, sentado a mi lado en el sofá rojo y tocándome con la excusa de servirme de almohada humana... uhmmmm...

Por último pusimos Los Goonies y Pequeño friki retomó con ímpetu la sesión de caricias, aventurándose por lugares poco transitados: mi ombligo, mi clavícula, mi esternón... ¡¡¡Mi teta izquierda!!! Quién sabe qué influencia ejerció sobre él el pequeño Sean Astin, ajeno en su época Goonie a su futura transformación en hobbit, para que Pequeño friki osara profanar mi anatomía arriesgándose a ser visto por A, su gata en celo y un par de compañeras de trabajo medio inconscientes dada la hora y la sobredosis cinematográfica. En fin...

El caso es que hasta ayer Los Goonies me traía recuerdos familiares de adolescencia: imágenes de domingos por la tarde en que la peli aparecía por sorpresa programada por algún canal privado y nos enganchaba a mis hermanos y a mí, que acabábamos llorando con la música de Cindy Lauper, convencidos de la bondad intrínseca del mundo en general. Ahora ya no: de repente Goonies equivale a lascivia torpe y remordimiento de conciencia. Esto no se arregla.

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Un votito bonito.

Ciencia Ficción imprescindible

Ciencia Ficción imprescindible

Ayer llegué al trabajo demasiado pronto, me pasa con frecuencia, así que me dediqué a pasear por la planta para disimular mi ansia de acercarme a Pequeño friki, recluido en el punto de información. La intención era darme una vuelta rápida y volver con él para "hacerle compañía", pero me encontré con A en Bolsillo y nos quedamos charlando hasta las tres de la tarde. La excusa: acatar sus indicaciones para convertirme en una lectora aceptable de Ciencia Ficción.

A es especialista en el género y estos fueron los títulos (editados en bolsillo) que me recomendó como imprescindibles: La trilogía de El señor de los anillos, La guerra de los mundos, Hyperion, Matadero Cinco, Solaris, El juego de Ender, la saga de Dune, El final de la infancia, La naranja mecánica y Crónicas marcianas.

Me llamó la atención que no incluyera nada de Asimov, que campa a sus anchas por las mesas y las estanterías, ni tampoco de Gibson, al que A calificó de creador de un estilo, el Ciberpunk, que según él no iba a gustarme. Después de escucharle con la modestia propia del ignorante, aporté un insignifacante granito de arena: me quedo con Bradbury y, más allá de sus archiconocidas Crónicas..., tengo la intención de leer El país de Octubre, un compendio de relatos editado por Minotauro en el que se incluye El lago, joyita literaria que he leído a ratos, en mis vagabundeos por la librería.

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