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No me llames

Negro al diez

Negro al diez

En 1983 Cortázar escribió Negro al diez, una obra inspirada en las serigrafías de Luis Tomasello que, según Geocities, fue publicada por una editorial de París, Galerie Maximilien Goiol, y traducida al francés por Françoise Campo. Interesada en el texto, mi amiga argentina lo está buscando.

Me lo cuenta mientras comemos en un Cañas y Tapas de Argüelles y, entre las habitas con jamón y los pimientos del piquillo rellenos de verduras, consigue llamar mi atención. Ha preguntado por él en la Cuesta de Moyano y en el pasaje de San Ginés; también en algunas librerías de Buenos Aires. No ha tenido ningún éxito.

Esa misma noche, durante la improductiva cena con Pequeño friki, hablamos de Negro al diez. Aprovechando las pausas de OT, le hago partícipe de los desvelos de mi amiga (ahora también míos) y Pequeño friki, que no se percarta de mi salidez pero de libros sabe un rato, me sugiere consultar Iberlibro y el ISBN. Me explica que, si en este último no aparece ni siquiera como edición agotada, significará que no se ha publicado en España después de 1972.

No aparece.

Sin embargo mi fascinación por Negro al diez, inversamente proporcional a la infructuosidad de su búsqueda, crece más y más, y me lleva a escribir este post. Dar con él se ha convertido en un desafío que bien podría servir de argumento a alguno de los relatos de Cortázar. ¿Hay alguien al otro lado que pueda ayudarme?

Seguiré informando.

***

¿Votito?

Al final del día, en el principio del desierto

Al final del día
en el principio del desierto.
Llega sola hasta la última ciudad
y deja que la arena fría roce los dedos de tus pies
recordándote que, aun por poco tiempo,
estás a salvo.
Allí te esperaré.
Sólo tendrás que dar un paso.

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¿Un votito para el concurso 20Blogs?

Cruasán

Cruasán

Cruasán, un tiñoso Piecito de peluche, llegó a nuestras vidas cual bebé abandonado en el torno de un convento el lunes 15 de agosto, día de fiesta nacional, pero no por ello libre para nosotros, que trabajamos ocho horas y media en la librería.

Algún crío olvidó a Cruasán en Infantil y ese fue el principio de una serie de catástroficas desdichas para nuestra nueva mascota que, no se sabe cómo ni por qué, acabó en la caja de libros para retractilar y, cosa surreal, fue retractilado sin que nadie fuera capaz de identificarlo como un No Libro. Así que, cuando Cruasán hizo acto de presencia se encontraba forrado de plástico, prácticamente envasado al vacío y sin poder respirar. Sorprendidos, le desempaquetamos de inmediato y decidimos adoptarlo. Casi al mismo tiempo, una especie de revelación divina nos hizo ver que debíamos llamarle Cruasán. Que no se ahogara fue un milagro por el que todavía estamos dando gracias a Dios.

Han transcurrido 72 horas y Cruasán, al que hemos instalado junto a uno de los ordenadores del punto de información, no ha pronunciado ni una sola palabra todavía. Ñ, un compañero que se ha encariñado mucho con él, opina que puede ser por el trauma o porque no habla nuestro idioma. "Hay que darle tiempo", repite a menudo, y a continuación lo acaricia con un afecto enternecedor.

Ayer, al pasar por delante del punto para subirme al descanso, descubrí a Ñ leyéndole a Cruasán una edición de El Quijote ilustrada por Mingote; hoy, el título elegido, Middlesex, de Eugenides, no ha sido una elección casual: Ñ dice que del sexo de Cruasán no tenemos ni idea y, aunque el nombre que le hemos puesto es claramente masculino, eso no basta para convertirlo en un ejemplar macho, así que es una opción inteligente prepararlo para la aceptación de la ambigüedad.

Ñ tiene toda la razón y Cruasán tiene suerte de haber aterrizado en la librería. Vamos a cuidarle hasta que se recuperé.

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¿Me votas? Concurso 20blogs del 20 Minutos.

Pequeño friki vuelve mañana

Pequeño friki vuelve mañana. El jueves vendrá a casa y se sentará en la butaca más ceracana a la ventana para ver conmigo Operación Triunfo. Cenaremos pasta y nos beberemos el vino que se llevaron mis padres del Museo del Jamón que hay en la calle Alcalá, porque les correspondía con el menú y no llegaron a tomárselo.

Descrito así, el plan no destila romanticismo, pero es lo que hay. Me he comprado un pijama de pantalón mínimo y un camisón más decoroso, de algodón; los dos son negros y con dibujos blancos de Snoopy. Aún no sé cuál me pondré. Lo decidiré en el momento, dependiendo de mi grado de desesperación.

He llegado a la retorcida conclusión de que no me gusta que me guste Pequeño friki. Vitu dice que me ve como a una hermana pero, según él, eso puede cambiar. Creo que me da lo mismo.

Hay algo de experimento y crueldad en escribir esto. Más allá de la dosis de exhibicionismo que todo blogger necesita para sobrevivir, debería estar prohibido autodespellejarse en público.

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¿Me votas para el concurso de Blogs del 20 Minutos?

Iglesia de la Cienciología

Iglesia de la Cienciología

La Iglesia de la Cienciología tiene relaciones públicas que se confunden con los contratados por los bares de Huertas para atraer gente a su local. Ayer, a la una y media de la noche, me despedí de S para volver a casa. Habíamos estado tomando una copa en La Ofrenda (C/ Infante, 3), escuchando música de los 80 y macerando mi ansia de sexo con Pequeño friki, que se ha ido cuatro días a Barcelona y me ha dejado con un abrazo a la salida del metro que supo a poco. Ya volverá.

S se fue hacia la Latina; yo me recorrí la calle del Prado en dirección a las Cortes con la intención de coger un taxi. Al final de la calle, anunciada por una banderola cuya longitud equivale prácticamente a la altura del edificio en el que se ubica, la Iglesia de la Cienciología no esconde nada y deja ver sus instalaciones a través de unos ventanales inmensos que llegan al suelo. Para mi sorpresa, estaba abierta. Tres o cuatro hombres jóvenes, peinadísimos y sonrientes, vestidos con pantalón oscuro y camisa marrón, pululaban entre los grupos de gente que, en su trayecto de garito a garito, pasaban por delante de la sede. Les invitaban a entrar.

Increíble, me fijé en el interior y vi a un par de crías con minifalda y zapatos de punta muertas de la risa, paseándose por el vestíbulo iluminadísimo, detrás de uno de esos seres neutros, dedicado a informar de las virtudes y ventajas de ser ¿cienciólogo?... las chicas sin duda se habían tomado dos o tres cubatas y la Cienciología había hecho acto de presencia en su vida cuando se dirigían a tomar el cuarto. Visto así, palió su sed de alcohol, aunque quizás la visita incluía copa gratis...

A mí ni se me acercaron. ¿Por qué nadie intenta captarme? ¿Acaso ya no tengo pinta de adolescente o, en general, de perdida de la vida? ¿Acaso no necesito que me orienten? ¿No soy interesante, en definitiva? Estuve a punto de "exigir" la visita guiada, pero me contuve. Ellos se lo pierden.

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Vótame. Concurso 20Blogs del 20 Minutos.

Autores conflictivos

Autores conflictivos

Es mi objetivo del mes: hacer una lista de los "autores conflictivos" que habitan la sección de bolsillo. O sea, ir anotando en hojas que invariablemente acabo perdiendo los nombres de los escritores mal colocados en las estanterias o mal dados de alta en la central... "autores conflictivos".

Gracias a eso me paso las tardes paseándome y haciendo pausas para, sentada en la moqueta, cazar títulos de Machado de Assis, Chesterton, Lodge o Ling Yutang, ese chino locuaz que escribió la inubicable La importancia de vivir. Vituperio y yo siempre discutimos por su culpa; nunca sabemos dónde colocarlo.

Mientras tanto, en la tienda el tiempo continua sin hacer acto de presencia. Podría ser agosto, sí, pero también podría ser febrero: el mismo caudal de gente; la misma elasticidad de las horas y la ausencia de luz natural para pautar el día. Fuera está Madrid, eso creo.

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¿Votillo?

Tocarse

El domingo por la noche, compartiendo una cerveza en mi casa, Pequeño friki y yo llegamos a la conclusión de que tocamos menos a las personas que nos atraen más (y que no lo saben, por supuesto). El no sentirnos amenzados por el rechazo nos permite aventurarnos a las caricias sin el miedo a encontrar la aversión en el rostro del ser al que sorprendemos con nuestro cariño.

Pequeño friki me abraza sin cesar; busca mi mano en los trayectos. No le importo nada.

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¿Me votas? Concurso 20Blogs del 20 Minutos

Vituperio y el Efecto Mariposa

Vituperio y el Efecto Mariposa

Vituperio se ha cortado el pelo. De pronto, sin avisar. Se ha dejado una crestita que le hace la cara más alargada y acentúa en su expresión de oráculo la presencia de las gafas nuevas, propias de un contable de los años 60. Definitivamente nos ha sorprendido. Le hemos dicho: "Vituperio, nos has sorprendido: ¡Te has cortado el pelo!"; a lo que él ha respondido: "Ya, ya...", con esa condescendencia tan propia de los seres inteligentes. A continuación nos ha dado por comparar el acontecimiento con el ir y venir de las mariposas.

¿Si una mariposa que aletea en Japón puede desencadenar una sucesión de acontecimientos que culmine con el estallido de un terremoto en Hawai, que no prodrá provocar el corte de pelo de Vituperio?

A lo mejor, para que Pequeño friki me bese, hace falta que Vituperio se rape al cero... Vivimos inmersos en el caos. Forma parte del juego.

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Vótame, vótame, vótame!

Soledad. Apunte VI

Nuestros secretos no están solos. Son muy pocas las ocasiones en las que la verdad acontece sin dejar rastro. Lo pienso porque hace menos de una semana, por primera vez en toda mi vida, me ocurrió algo que no he contado, que nadie sabe. Trato de encontrar otra experiencia o sensación no compartida, pero no lo consigo. Tomar conciencia de ello me hace sentir extraña y le da valor a un hecho insignificante.

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Votito, por favor.

El plátano que cayó del cielo

El plátano que cayó del cielo

Todo es posible. El domingo por la tarde -no serían más de las cuatro y media- mi hermana, S, V y yo volvíamos a casa paseando, después de comernos un Kebab rematado con un "heladito" de dos sabores en el Giangrossi de Velázquez con Hermosilla, cuando asistimos a la sucesión de los siguientes y extraordinarios acontecimientos:

1. Misteriosamente nos invadió la necesidad imperiosa de canturrear "nada, nada de esto, nada de esto fue un error"; y así lo hicimos: a voz en grito y con el correspondiente baile absurdo y descoordinado de turno.

2. A la altura de Hermosilla con Príncipe de Vergara, con una temperatura que rondaba los 35 grados,¡atención!, cual rayo de San Pablo, una monda de plátano me cayó del cielo. Sin duda fue una señal. La piel viscosa de la fruta que más odio se estampó contra el suelo no sin antes rozar mi empeine izquierdo, desprotegido por culpa de la escueta sandalia que llevaba puesta.

3. Treinta segundos después, en un cruce solitario, nos encontramos con Eduardo Mendicutti, que llevaba gafas de sol.

Tal vez la providencia puso a Mendicutti (teruliano de María Teresa Campos y, por lo tanto, intelectual) en mi camino para que le interrogara acerca del significado cósmico del ataque platanil, pero por desgracia no le reconocimos. Sólo mi hermana le identificó como "alguien famoso del programa de Mari Tere". Yo necesité un par de horas más para dar con su nombre y apellidos. Demasiado tarde.

Próximamente tendré que hablar de Vituperio.

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Un voto al día te da alegría.

Pequeño friki, Eurovisión y el libro de los toreros

Pequeño friki, Eurovisión y el libro de los toreros

A Pequeño friki le gusta Eurovisión y, con esa precisión que le caracteriza, conoce al milímetro cada detalle del paso español por el certamen. Lo descubro la noche del martes, como siempre delante de una caña en el Mareas Vivas, cuando se me ocurre tararear "Su canción", el tema con el que participó Betty Misiego en 1979, año de infarto para los fanáticos del festival.

El caso es que Pequeño friki reconoce la melodía al instante y la asocia a Eurovisión. Se abre la caja de Pandora y empezamos a recordar a Masiel, Mocedades, Vicky Larraz, Patricia Kraus... ¡Remedios Amaya! Cada recuerdo ilustrado, por supuesto, con el tarareo de la pertinente canción. El resto de compañeros de mesa deja de hablarnos al instante, da nuestro caso por perdido, sin embargo la marginación no nos afecta en absoluto (si eres friki, así es como debe ser).

Son casi las once cuando emprendemos el regreso. Volvemos canturreando por la Plaza de las Descalzas, Sol y la línea 2. Nos despedimos en la salida de Goya. No he ido a casa desde el sábado y, mientras recorro el tramo que me separa del portal, pienso que la realidad es caprichosa: apenas 48 horas antes del climax eurovisivo con Pequeño friki, estaba en Valencia con mi tía abuela de 80 años esperando a que mi padre terminara la paella. Mi tía, telespectadora habitual del programa taurino de Canal +, me contó que "El código Da Vinci" se ha convertido en el libro de cabecera de la mayoría de los toreros.

Concluyo que no es que Pequeño friki sea friki, sino que la vida es friki en su mismidad. No hay otra forma de asimilar la conjunción de elementos tan dispares como "Eurovisión","tía abuela", "Codigo Da Vinci" y "toreros".

Apunte: a Pequeño friki también le gusta OT. Poco a poco se va perfilando como el hombre perfecto.

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¿Me votas?

500 palabras

500 palabras

Graham Greene, autor de "El tercer hombre" y "El americano impasible", escribía 500 palabras nada más levantarse de la cama. Era lo primero que hacía cada día: incorporarse y escribir 500 palabras, ni una más ni una menos. Después dejaba que los acontecimientos discurrieran con normalidad a lo largo de la jornada y se olvidaba de la novela de turno hasta el siguiente despertar. Curioso; me lo cuenta mi padre la mañana del domingo en Valencia. Lo ha leído en "Editar la vida".

Después de semejante apunte, pasa a preocuparse en voz alta por su planta, que agoniza; y yo me quedo pensando en la posibilidad de empezar a escribir una frase a diario, al levantarme, por hacer el experimento y ver qué sale, nada más... por lo pronto, si fuera al revés, si tuviera que escribir antes de irme a dormir, hoy escribiría una pregunta: ¿Se puede elegir querer a alguien?

Pequeño friki y yo acabamos de despedirnos en el metro. Durante el trayecto hemos recordado fragmentos de grandes éxitos del Duo Dinámico y Eurovisión. Hay que tener fuerza de voluntad y ponerse las pilas.

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Vótame en los premios 20blogs del periódico 20 Minutos.

Tortugas

Tortugas

Hay tortugas en el jardín de Atocha. He ido a verlas esta tarde con Teresa. Ahora estoy escuchando a Antonio Vega y el recuerdo de las tortugas me pone triste. Son mi animal fetiche. Me identifico con ellas. No sé si eso significará algo. Una vez tuve una Tortuga Leopardo. Se llamaba Alfredo y mi padre le hablaba en Valenciano mientras le daba de comer en su despacho. No sé si Alfredo le entendía, pero lo importante es que él creía que sí.

A Pequeño friki nunca le he mencionado a las tortugas. Todavía es pronto.

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¿Votillo?

Soledad. Apunte V

Todas las palabras están cargadas de connotaciones que a menudo se proyectan sobre la persona a la que califican: nuestra mente no planea igual el encuentro con una desconocida rubia que con una morena, por ejemplo. Me pregunto qué se piensa de los que afirman vivir solos... y creo que, si no viviera sola, no tendría tiempo de preguntármelo.

La Vaguada. Sábado idílico

Sábado por la mañana, hora punta. Después de dejarnos la lista de la compra en casa, S y yo dirigimos nuestros pasos hacia el Alcampo de la Vaguada. Cuando entramos en el centro comercial perdemos toda particularidad, pasamos automática e inevitablemente a formar parte de la marea humana que, como sebo, lubrica escaleras mecánicas, tiendas y galerías. Conseguimos un poco de aire acondicionado a cambio de renunciar a toda diferencia.

En el hipermercado la gente llena con ansia cestas y carros. Por su avidez, se diría que va a estallar una guerra y se avecina la falta de alimentos. Nosotras compramos con calma: dos aguacates, un paquete de langostinos pelados y cocidos, vino blanco, cuscús... no más de lo necesario para la cena étnica que tenemos en mente. S sabe dónde está cada cosa, así que terminamos deprisa y, ya en las cajas, elegimos una cola. Allí se produce la tragedia.

Delante de nosotras, con una cesta roja repleta de víveres, un hombre cuarentón en bañador espera su turno. Al principio no le prestamos atención, pero eso cambia cuando, de pronto, quién sabe si víctima de una alucinación transitoria que le hace pensar que se encuentra en el sofá de su casa, el ser en cuestíón empieza a rascarse sus partes con presteza y brío. Más feliz que una lombriz, sin importarle la reacción de los que le rodean. Si cierro los ojos vuelvo a verlo: rasca que te rasca... un poco más y se mete la mano por el camal.

Nuestra primera reacción es de asombro. Nos reímos. A los pocos minutos, mientras saca de su cartera un billete de 20 euros para pagar (con la misma mano con la que segundos antes se frotaba sus huevitos), empezamos a hacer un repaso de los chicos que conocemos y concluimos que el 99 por ciento de ellos debe hacer lo mismo.

Patético.

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Votito

Sexo en Nueva York

Sexo en Nueva York

Pequeño friki me recomienda "Sexo en Nueva York". No es el primero que lo hace. Desde que la serie apareció en nuestras vidas, codificada en Canal +, son muchas las veces que me he quedado fuera de alguna conversación por no haber visto ni un solo episodio.

Por fin ayer sucedió. No lo planifiqué, lo prometo; no me puse a buscar su hora de emisión como una histérica con la intención de tener algo de que hablar con Pequeño friki. Fue el fluir surreal de mi libre albedrío lo que me llevo hasta ella. Pasada la una de la madrugada, después de memorizar los nombres de las nominadas de OT (Idaira y Trizia) y ver unos minutitos de la Apocalipsis de Crónicas Marcianas, llegué hasta Antena 3 por casualidad y me encontré con Sara Jessica Parker transmutada en Carrie, una columnista que escribe sus artículos a costa de las vidas privadas de sus amiguitas salidas y de la suya propia. O sea, no muy diferente de mí, ¿o sí?

Las comparaciones son odiosas pero ineludibles. Allá vamos:
* Sexo en Nueva York; sexo en Madrid (yo no lo veo por ninguna parte).

* Carrie es autosuficiente gracias a su columna; yo trabajo de librera y no llego a fin de mes.

* Pone un pie en la calle y se encuentra con un hombre atractivo; me meto en el metro y, como mucho, me encuentro con Pequeño friki.

* Cuando se deprime se compra unos Manolos; yo me muerdo las uñas corroida por el remordimiento al comprarme una falda de 9 euros.

* Su ex le sigue gustando aunque pasa de los 40 años; ¡vaya por Dios!

Definitivamente, el Sexo en Madrid, desde mi humilde perspectiva, no se parece mucho al Sexo en Nueva York, e incluso es posible que el Sexo en Nueva York no se parezca mucho tampoco a "Sexo en Nueva York". Menos mal que Ana Obregón amenaza con protagonizar la versión española de la serie. Me quedo mucho más tranquila... será como mirarme al espejo. Seguro.

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Deja tu votito

Mi pequeño friki y las Mareas vivas

Mi pequeño friki y las Mareas vivas

¿Es posible engancharse a un friki del cine y la literatura, cuya película favorita es "Lo que el viento se llevó"? Es posible, es posible... Y, lo que es peor, ¿es posible que semejante ser no se de por aludido porque le basta con poder hablar de los extras de los DVD's que se compra para subsistir? Es posible también.

En fin... a diario me sorprendo con el universo personal que se construyen los personajes que me rodean, a cada cual más peculiar. En concreto, mi pequeño friki es especialista en el Hollywood de los 80 y las novelas de Fantasía.

Empiezo a conocerle porque, como buenos compañeros de trabajo que somos, hemos adoptado la costumbre de tomarnos "una" caña (eufemismo donde los haya) después de cumplir con nuestra jornada laboral. Cerca de la Plaza de Santo Domingo está el Mareas Vivas, un bar de los de toda la vida donde por cada caña -1'10 euros- te ponen una tapa del tamaño de un plato combinado. A pesar de comer cual camionero, cuando vamos por la cuarta ronda mi equilibrio peligra y empiezo a divagar.

Las reflexiones que emite mi cerebro son peligrosas: con el aliento apestando a cerveza pienso que no está mal tener una afición (yo tengo una, leer y escribir compulsivamente); pero, ¿hasta que punto "aficionarse" demasiado no es peligroso? No está mal que te guste el cine, sin embargo la cosa cambia cuando vives sólo para él. Adentrarse en un hobbi puede convertirse en un camino de no retorno, del que rescatar al afectado sea imposible.

Tremendo.

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Lo contrario

Lo contrario

Hace un par de semanas fui a ver "La última primavera" con A; una película que, entre muchas otras cosas, profundiza en el comportamiento de las mujeres. Cuando salimos del cine, A me llevó a casa y, ya en la puerta, me preguntó cómo pensamos nosotras. En concreto dijo: ¿Cómo piensas tú y cómo actuas? Quería descubrir cuál era el puente entre lo que me pasa por la cabeza y la acción inmediata. Paradójicamente le dije la verdad: con frecuencia hago o digo lo contrario de lo que quiero.

No creo que mi actitud sea extrapolable al resto de la población femenina, pero sí a un porcentaje elevado. Así nos va...

Quart de Poblet

El sábado por la noche dirigí mis pasos hasta el piso de un amigo que daba una fiesta para celebrar la llegada del Verano. A sólo un par de calles de distancia, inserta en el barrio de Salamanca, en casa de G no conocía a nadie excepto al anfitrión.

Estaba sentada en el suelo de la salita, sobre un almohadon estampado de lunas y estrellas, con un vaso de vino en la mano izquierda y otro de horchata en la derecha (surreal, ya lo sé), cuando una mujer de unos 50 años, camisa grande a rayas y rostro lleno de pliegues, se sentó en el almohadon de al lado. Era argentina, habitante de la Sierra y desprendía una afabilidad cálida.

Empezamos a hablar. Saltamos de banalidad en banalidad y acabamos remitiéndonos a nuestros lugares de origen. Me recomendó Buenos Aires, por supuesto; y yo le hablé de Valencia. Entonces se dejó ver una conjunción cósmica de consecuencias insospechadas: uno de sus lugares favoritos del mundo, me explicó, era un pueblo valenciano llamado Quart de Poblet.

Mi padre nació en Quart de Poblet, una localidad cercana al Aeropuerto de Manises, al lado de Mislata. Yo viví allí cuando era muy pequeña. Después me hice mayor para acabar hablando del pueblo con una argentina, una noche agradable del mes julio, en Madrid.

Es difícil no tener nada en común con el otro y, aunque podemos pasarnos toda la vida intentando dar con ello, otras veces sale a flote solo, en medio de una conversación carente de objetivo. El caso es que, lo sepamos o no, deberíamos tener en cuenta al relacionarnos que esos lazos a menudo invisibles están ahí.

Lo pienso mientras vuelvo a casa a las tres de la madrugada, después de dar por terminada la fiesta. Cruzo Ortega y Gasset en rojo, no pasa ningun coche, y recorro el tramo de Conde de Peñalver que me separa del portal.

Noche interesante.

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La guerra de los mundos

La guerra de los mundos

Hace algunos años, en la universidad, hice un trabajo sobre el cine de Spielberg; hace un par de meses, durante mis vacaciones en Valencia, leí "La guerra de los mundos", de HG Wells; la semana pasada, en un cine de la calle Goya, vi la película de Tom Cruise. La peli no engaña a nadie, salvo por el hecho de parecerse bastante, bastante poco a la obra en la que se inspira, y aunque previsible, no deja de ser entretenida y eficaz.

En esta historia de ciencia ficción donde la Tierra es invadida por los marcianos, los extraterrestres dejan a su paso una frondosa e inquietante maraña de hierba roja. Me gusta el uso de los colores en el cine y, sobre todo, en la Literatura, porque es curioso su efecto al ser pronunciados y no vistos... tal vez mayor que, cuando con toda su rotundidad, aparecen delante de nosotros en los cuadros y las fotografías.

En la librería conviven a día de hoy cuatro ediciones de la novela de Wells, tres de bolsillo y una de formato normal prologada por Fernando Savater, ese hombre que sirve igual para un roto que para un descosido. A diario me cruzo con el título por las estanterías y los expositores. El libro de Alianza tiene la portada violeta, es mi favorito...

Después de los acontecimientos de esta semana, me reafirmo en la idea ya esbozada en un post anterior sobre la posibilidad de sentirnos como extraños en nuestro propio planeta. Estoy nerviosa. Escribo esto mientras hago tiempo... está mal que lo diga, pero es verdad... todo lo que estoy diciendo -escribiendo- no es sino una especie de estrategia personal para eludir lo que me está rondando por la cabeza sacándome de quicio... así que, por esa regla de tres, todo lo que estoy escribiendo me importa un bledo, es una tapadera, y no tiene otro valor que lo que oculta; es sólo una cortina de letras que no dice la verdad.

Suficiente paranoia por hoy. Mañana sigo.

¿Un votito?