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No me llames

Sobre el amor. C. G. Jung

La editorial Trotta, en su colección "Minima", ha publicado "Sobre el amor", un librito de 84 páginas que recopila las reflexiones del psicólogo y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung acerca del tema. Jung vivió entre 1875 y 1961.

Leo en el metro. Algunas citas me escandalizan; otras me parecen inteligentes y les doy mil vueltas. Aquí os dejo un ejemplo de cada tipo:

- La "escandalosa":
La concepción que tiene todo hombre respetable es que con la mujer la cosa marcha sola, que el matrimonio se desarrolla solo. Lo único que no marcha por sí solo es el negocio. Para la mujer lo único que no marcha por sí solo es el matrimonio, pues ese es su negocio. ¡Una considerable diferencia en los puntos de vista!

- La interesante:
El amor libre solo sería posible si todos los seres humanos fueran capaces de los máximos esfuerzos morales. Pero la idea del amor libre no se ha inventado con esta finalidad, sino para hacer parecer fácil lo difícil.

¿Qué os parece? Ya me diréis. Mientras tanto...

votito, por favor... ¡votito, votito, votito!

Villa de París

Menos de 24 horas para saber si nos traemos las Olimpiadas a casa. Sabiendo que Gallardón, Raúl, Pau Gasol, Santana, etc., etc., se hallan fuera del país me siento desamparada. Ansío que vuelvan, el sentimiento preolímpico consigue que los vea como de la familia... ¿Y si perdemos?... hasta puede suceder que gane Moscú, ciudad que tal vez ni siquiera ha mandado representación (esto permitiría que Gallardón subiera igualmente al escenario como encargado de recoger el premio... pobrecillo). Pero, bueno, a mí los Juegos Olímpicos me dan igual, a pesar de que mañana me dejaré sugestionar por la alegría colectiva si ganamos.

Ayer estuve con Diego en la Plaza Villa de París, enmarcada entre la Calle Genova, el paseo de Recoletos y Alonso Martínez. La Plaza tiene un aparcamiento que lleva su nombre. Se llega a él por unas escaleritas tipo entrada al metro sobre las que un cartel anuncia: "Entrada Villa de París". Me pareció curioso. Imaginé por un momento que bajando una veintena de peldaños podía aparecer en otra ciudad. La gente salía y entraba del garaje y yo pensaba que regresaban o se dirigían a Francia. ¡Qué extraño! La plaza está en pleno centro y sin embargo es muy tranquila. Todavía no se había hecho de noche y, en un banco cerca del nuestro, una pareja de ancianos se dedicaba a lo mismo que Diego y yo, a no hacer nada. Ella tenía al lado una silla de ruedas y parecía ausente. Él estaba triste.

Mientras, vivo inmersa en mi cruzada personal: el concurso de blogs de 20 minutos. Estaría bien que me dierais un votito.

Primer... ¡Ni se os ocurra!

Primer... ¡Ni se os ocurra!

Domingo por la tarde, 38 grados, el día más caluroso de la semana en Madrid; también primer domingo de mes y, por lo tanto, día de comercios abiertos. Cuando salgo a las dos en dirección a casa de Teresa y Tino, hago una parada en el Champion donde me toca hacer cola para pagar una botella de Marqués de Cáceres.

Cojo el metro en Goya, línea 4, y me bajo en Avda. de La Paz. T me está esperando. No conozco el barrio, que se extiende al margen de la M30, pero no me disgusta. La casa es grande y tiene los techos bajos. Comemos Fideuà y Apple Strudel con helado de vainilla (una combinación valenciano-alemana que refleja el origen de la pareja). Nos bebemos el vino. Termina de achisparnos el calor y la voz de Antonio Lobato retrasmitiendo incansable la Formula 1.

Tarde de domingo. Tino decide no hacer nada y se tumba en el sofá; nosotras elegimos una película que empieza a las 17.35 en los Renoir Pza. de España: "Primer" (os enlazo a la excelente crítica de Tònia Pallejà), merecedora del Gran Premio del Jurado en último festival de Sundance. Gran error.

Escrita, dirigida, montada, producida, "fotografiada", "musicada" y protagonizada por un tal Shane Carruth, ex matemático y ex cuerdo, se presenta al público en los avances y el texto que facilita el cine a los espectadores con la siguiente premisa: "¿Qué es lo que querrías si pudieses tener cualquier cosa?"... ¡¡¡PRIMERA TROLA!!! La peli no va de lámparas de Aladino, sino de máquinas del tiempo; en concreto, una que se inventan dos informáticos metidos a inventores de garaje, muy parecida a un tetrabrik gigante.

Superada la reflexión más que manida sobre la posibilidad de cambiar el futuro alterando el pasado o la existencia simultánea de distintos planos temporales, "Primer" no aporta nada. Aturulla al espectador y carece de explicación lógica alguna... si acaso, nos deja una moraleja: si te inventas una máquina del tiempo, mejor no la utilices mucho no sea cosa que la pifies.

En fin... junto con "Abre los ojos", ese libro abierto de la cinematografía, lo peor que he visto en muchos muchos años. Aunque hay otra opción: que yo sea tonta. En ese caso, cualquier explicación será muy de agradecer. Espero ansiosa.

Chueca city

Chueca city

Tengo prisa: se me ha estropeado la lavadora y he quedado para comer fideuà en casa de una amiga valenciana que también vive en Madrid; para colmo tengo resaca y un montón de ropa mojada por enjuagar en el plato de la ducha... estupenda mañana de domingo. No se puede pedir más. Sin embargo es la noche de ayer la que me perturba.

He llegado a la conclusión de que todos llevamos un dominguero dentro, de lo contrario soy incapaz de explicarme qué hacia ayer, entre la una y las dos de la madrugada, viendo como mi compañero de trabajo liaba un porro en la calle San Marcos, al lado de la plaza de Chueca, formando parte de una especie de embutido humano hecho de Dracs, chinos empeñados en vendernos tallarines y cubalitros de calimocho, gays con el torso sudado y descubierto, y heteros "guays", comprometidos con la causa del matrimonio y la adopción. La consigna para futuras situaciones similares será la siguiente: Huir.

Noche rara.

Buenafuente y El amante de la China del Norte

Buenafuente y El amante de la China del Norte

Ayer me fui a la cama a las tres de la madrugada por culpa de Buenafuente, ese ser. Esta "temporada" se me ha pasado muy rápido y ha sido, en parte, por su culpa. Ver a Buenafuente en Madrid me recuerda a mis años en Valencia, a las noches en El Puig, en casa de J, viendo "Sense títol" y jugando al Pictionary. Aquí podría ponerme a cantar "Y cómo hemos cambiado", pero creo que no lo voy a hacer. En este momento no estoy tarareando nada.

Establecer lazos de afecto con un ente televisivo es peligroso, también lógico. La carga de memoria que dejo descansar sobre los programas de El Terrat no es ligera. Buenafuente, cercano, volverá en septiembre ya sin Sardà y acabará de meterse a la audiencia nacional en el bolsillo.

¿Dónde estaré yo entonces? Pues no lo sé. Por lo pronto, ayer cené por Chueca, rodeada de homosexuales y heterosexuales más felices que lombrices con la reciente y definitiva aprobación de las bodas gays (por la mañana me vi inmersa al salir del metro en la manifestación contra la ley). Por la tarde, en la librería, descubrí con un cliente que "El amante" (1984) y "El amante de la China del Norte" (1991) no son la misma novela. Marguerite Duras amó mucho. Como debe ser.

Un señor barrigudo

¿La gente no se marcha de vacaciones? Pues no. Si me tengo que guiar por el flujo de visitantes que cada tarde desborda la librería, puedo concluir que, muy lejos de estar a finales de junio, aún vamos por febrero.

Esta semana trabajo de tres a nueve y el paréntesis de 18.00 a 20.30 es mortal. Ayer me convertí en la víctima del señor barrigudo, un ser con indumentaría playera -bermudas azul marino y camiseta blanca, manchada de marrón-, voz de carajillero, halitosis y acento andaluz. Fascinante. El señor barrigudo eligió dos libros de la sección de Ciencias Humanas (yo creo que al azar y, por supuesto, sin ninguna intención de comprarlos) y empezó a perseguirme con uno en cada mano preguntándome a gritos cuál de ellos me parecía mejor.

Antes de venir a por mí, había llevado a cabo la misma operación de acoso con todos mis compañeros, más veteranos que yo y entrenados para eludir a personajes como el señor barrigudo. Sin detenerse ni un segundo, hablando en marcha, le contestaban: "ese es mejor"; y, ¡puf!, echaban a correr para desaparecer entre la multitud, como si nunca hubieran existido. Pero yo no pude. Me cazó en uno de los ordenadores y tuve que resolver su duda existencial fingiendo que me importaba aunque fuera un poquito. Había que decidir entre una biografía de bolsillo de los Borbones y un ensayo sobre los abusos de EE.UU en Guantánamo. Le dije: "Mejor el de EE.UU"; y el formuló la pregunta terrible: "¿Por qué?"

- Yo creo que será más interesante.
- ¿Por qué?
- Es más actual.
- ¿Por qué?

¡Rediós! ¡¿Cómo que por qué?! Mis compañeros me explicaron más tarde que todos los señores barrigudos sufren una regresión a la primera infancia que les lleva a interesarse con insistencia por el porqué de las cosas, por eso si ves que alguno se te acerca es mejor huir. Me invitaron a una caña y se me pasó un poco la paranoia, aunque me diijeron que probablemente, en los próximos días, tendré alguna pesadilla.

Plazas

Plazas

Tengo un amigo que me prohibe sacar a la conversación el tema de la Felicidad. Dice que se me pone cara de idiota, porque cuando hablamos sobre ella tiendo a considerarme una persona feliz. "¡No digas eso!, se pensarán que eres tonta"; me recomienda A. Probablemente tenga razón, pero qué vamos a hacerle.

Mi felicidad, es cierto, alcanza cotas insospechadas gracias a circunstancias en apariencia bastante bobas. Las plazas son un ejemplo. Me gustan las plazas de Madrid. No lo puedo evitar. Si una tarde como estas, de verano, quedo con alguien para tomar algo en la mesa de una terraza o en un bar, y da la casualidad de que el local está en una plaza... FELICIDAD al canto. Rara es la vez que no me descubro a mí misma contándole a mi interlocutor lo bonita que está la ciudad y la suerte que tenemos de estar sentados delante de una caña, al sol, cual octogenarios de vuelta de todo... ahora me rio, pero es la verdad.

Ranking de Plazas: La plaza del Carmen, donde me tomé el otro día con M una tónica mientras ella me contaba la historia de "El bajito"; la plaza de Santa Ana, la de San Ildefonso, donde un local cuyo nombre ahora no me viene a la cabeza tiene los cafés a un precio más que decente... y mi favorita, la plaza de los Cubos, con los cines Princesa y un montón de establecimientos de comida basura alrededor. Me gusta sentarme a leer en los escalones de esa plaza mientras espero a alguien o hago cola para entrar a ver alguna película.

Influencia del arte y los objetos. Fragmento

Tengo miedo de que llegue el momento en que pueda descansar la vista en un rincón oscuro, vacío de todo lo que me recuerda a ti. Regresaré y pasará el tiempo, y habrá tardes en las que pasearé por la ciudad sin imaginar mil encuentros casuales contigo.

Sólo volveré a verte cuando ya no signifiques nada, en algún cruce, quizás en la cola de un cine o en una cafetería. No se me erizará la piel. Tú me pedirás disculpas por la forma en la que me abandonaste y yo las aceptaré diciéndote que no fue para tanto. No te estaré mintiendo.

Tetralogía II. La línea amarilla

Me largo. Sólo es la una y media de la madrugada cuando abandono la fiesta y asumo que estoy borracha... pienso en llamar a mi último rollo, pero me digo a mí misma que al hacerlo le daría una prueba más de mi debilidad, de que estoy triste, y me rechazaría. Mejor no, mejor ponerse a escribir aunque mi capacidad de pensar funcione entrecortada, igual que la voz al otro lado del teléfono en un día de tormenta.

Escribo:

“Nadie sabe como la noche llega hasta el andén. Es allí donde salvo a mi vida del naufragio y le permito alcanzar la playa desierta de una espera construida con letras mal dibujadas, que saltan al papel mientras me tambaleo con la fe de que pronto aparecerá el metro.

He leído a Anaïs Nin. No sé por qué, pero quiero decir que la he leído, que he reído, que he practicado el sexo... y que, aún así, feliz, lo que se dice feliz, no he sido. Pienso en lo fácil que sería cruzar la línea amarilla de seguridad y saltar, dejarse arrollar por el tren lanzando al aire este cuaderno de páginas rojas en el que guardo mil historias de deseo que me mantienen despierta, pero no lo haré. Me quedaré un rato más vagando por esta madrugada misteriosa, con la textura de un sueño, hecha para los que escriben borrachos y se columpian al borde de la línea amarilla pensando en morir.

“Morir”; una palabra absurda. ¿Morir para qué? No hay razón, han existido demasiados malditos antes que yo.”

Soledad. Apunte IV

Empalmar la siesta de las cinco con el sueño nocturno de las doce es muy fácil, basta con que hayas madrugado y no tengas a nadie en casa para despertarte. Te acuestas con la ventana abierta, aún es de día fuera, se oyen las voces de los críos que ya no tienen cole por la tarde y los pasos de la gente que entra en el edificio y recorre el pasillo al que da tu puerta. Caes rendido mientras intentas adivinar la clase de calzado que lleva cada uno: esta, tacones; este, zapatillas; sandalias... zzzzzzzzzzz.

Cuando vuelves a abrir los ojos la noche ha caído y sólo se escucha la radio del vecino, que no puede conciliar el sueño sin tener los informativos a toda voz.

Pero esto es sólo un hecho, no algo triste. No añoro que me despierten.

Sobre avestruces y argentinos

Sobre avestruces y argentinos

Es un hecho: en Usera hay, al menos, un avestruz. No sabría nombrar el lugar exacto en el que se encuentra, pero lo he visto. Aproximadamente a unos 20 minutos del metro, en una espcie de centro cultural al que acudí ayer con Sonia para ver "Teatra cabaret", una obra puesta en escena por Teatra Teatrae, el grupo amateur de un colega suyo. El avestruz se pasea por la entrada, un poco cansado, como marchito, probablemente harto de preguntarse qué coño hace en un lugar como Usera, tan distinto de su habitat original... no, qué va, lo mejor es que el avestruz no se pregunta nada. Sólo yo me lo pregunto, haciéndome pajas mentales ya no sólo con mis numerosas e ínsipidas tribulaciones, sino también con las suyas.

Nadie lo mira, a nadie le sorprende después de tanto tiempo en el barrio. Se han acostumbrado a él y únicamente los que llegamos a Usera como quien llega a una isla desierta de forma accidental nos sorprendemos con la presencia un tanto surreal del avestruz.

Cuando a las diez emprendemos el regreso, me pregunto si volveré a verlo. Sonia me dice que sí, que siempre volveré a Usera porque nuestra amiga K vive allí y el barrio va a cabar por convertirse en un lugar al que acudir con relativa frecuencia... pero por lo pronto nos vamos. Cenamos en el japonés donde, sin haber reservado mesa, tenemos que conformarnos con asientos en lo que la camarera llama el "sushibar". Después tomamos el enésimo Beefeater con limón, esta vez en el argentino (C/ Garcilaso 5, metro Bilbao), un local donde los argentinos que viven en Madrid se reunen para confirmar que no están solos ni demasiado lejos de casa... reflexiono sobre eso mientras Sonia me deja para ir al baño y concluyo que se sienten un poco como avestruces en Usera. Semejante chorrada me confirma que vuelvo a estar un poco borrachuza.

Ya en casa, me alegro de que la luz del portal siempre esté encendida. A las tres me duermo.

Los carteles de Spielberg y Benedicto

Salgo del metro en Sol a las nueve menos cuarto de la mañana y me encuentro con el cartel que cubre una de las fachadas del centro, Benedicto XVI gigante, consagrando la Ostia, subrayado por una frase que se le atribuye a él mismo: "Dios no quita nada y lo da todo". Pues muy bien.

Avanzo hacia la Fnac con paso rápido y me acuerdo de que, apenas unos metros más lejos, en Callao, otro cartel de dimensiones desproporcionadas cuelga de un edificio cercano al cine Capitol anunciándole al mundo que quedan menos de 30 días para que se estrene "La guerra de los mundos" de Steven Spielberg, ese "peliculón" con Tom C. y Dakota Fanning, mi actriz favorita del momento (esto último lo digo en serio; me gustó en "El escondite" y en "Yo soy Sam").

Pero, actrices favoritas aparte, ¿qué hace la Iglesia promocionándose cual superproducción de Hollywood? La primera vez que vi al Gran benedicto en Sol fue el sábado pasado, mientras volvía a casa en un taxi con Sonia, Natalia y un par de copas en el cuerpo. Recuerdo que entonces pensé que, a veces, hay cosas que consiguen hacernos sentir como extraterrestres en nuestro propio planeta; por ejemplo, esa, colgar un póster tremendo en el corazón de una ciudad para promocionar al Papa... contemplar una imagen semejante me hizo sentir extraña. Aún no me puedo creer que una idea así haya podido salir de una mente humana.

Nadie viene a ver a Caneja

Nadie viene a ver a Caneja

Nadie viene a ver a Caneja (1905-1988); esa es la reflexión que me sugiere la sala desierta del Reina Sofía en la que se expone su obra. Cuando entro con mis padres, aún no son las once de la mañana y en el patio del museo, desde cuyo centro nos observa un móvil de Cálder, se intuye una tranquilidad extraña, respaldada por pajaritos y una mezcla de voces infantiles. Una fila de niños bastante pequeños se pasea por los pasillos haciendo poco caso de sus profesoras. A mi madre le hacen gracia; a mí me gusta verlos vestidos con ropa de colores, muy europeos, acercándose al Arte aunque sea pronto para entender nada... acostumbrándose a ella.

Caneja, por lo que leo y compruebo después, es a la pintura lo que Machado a la poesía. Si el poeta escribió sobre los "Campos de Castilla", Caneja los pintó desde todas las perspectivas cubistas posibles. Me interesa porque sólo cambia dentro de la fidelidad a su estilo, evolucionando sin traicionarse, a pesar de que las circunstancias (la Guerra Civil y la Posguerra) no fueron sino tentaciones para que implicara su pintura en la batalla ideológica... ¿Se pueden decir cosas pintando constantemente paisajes? Yo creo que sí.

En 1977, el año que yo nací, Caneja pintó "Árboles", un cuadro en el que inexplicablemente, entre un conjunto de elementos paisajísticos tradicionales, se distingue una minúscula mujercita vestida con un traje de faralaes negro, apoyada en el tronco de un árbol. ¿La pondría ahí a próposito o surgiría sin querer, producto casual de las pinceladas del artista y el proceso perceptivo del espectador? Discutimos sobre ello mientras nos desplazamos hasta la ampliación del museo para ver a Oteiza ("Oteiza: mito y modernidad" ha estado abierta al público desde el 15 de febrero hasta hoy, 30 de mayo); después cogemos el metro en medio de un calor asfixiante y llegamos a Sol. En Labra tomamos Bacalao con vino y en la calle Arenal me compro unas zapatillas rojas con los cordones verdes.

Y mientras me preparo para entrar a la librería, pienso que cada una de las acciones que acabo de describir forman un día, el mío; y que cada una de ellas ha contado con una serie de elementos que se entremezclan sólo para mí: desde la obra de Caneja, que os podéis imaginar a partir del ejemplo que cuelgo con el post, a las zapatillas rojas, pasando por los juegos de luz y alabastro de Oteiza y el top manta... a todo eso se sumará el rabo de toro al día siguiente en Los Timbales, el trayecto en metro con Tino, el descubrimiento de un sinfín de títulos interesantes durante la tarea interminable de ordenar las estanterías de la sección de bolsillo... notas musicales con posibilades infinitas de combinación.

Anoto en la libreta: "idea al mismo tiempo interesante y paranoica; como yo".

Padres y ETA

Vuelvo a escribir impulsada por un ánimo renovado: ¡¡Redios!!, ¡¡Un comentario!! Gracias Excess, no sé si algun día te podré compensar con algo que produzca en ti un efecto equiparable a esta hilaridad un tanto absurda y sin duda infantil que me invade... que lo sepas.

En fin... retomemos el hilo de la realidad: Mañana vienen mis padres, como muy explícitamente insinua el título de este post. La perspectiva de ir con ellos a la Fería, salir a comer, cenar, etc., me resulta agradable, pero sé que me va a dejar sin tiempo para pasarme por aquí. Volveré el domingo. En este paréntesis de ausencia, voy a dar rienda suelta a mi vena de consumidora voraz: pienso pecar en la Feria, pecar en todos los lugares donde mi padre se muestre proclive a ayudarme a hacerlo (el gasto, digo) y pecar en la Fnac, donde tengo ya reservados, desde hace más de tres días, tres títulos: "El telón", de Kundera; "Fiasco, de Lem; y "La mujer de la arena", de Kobo Abe. Habrá que leerlos...

Cambiando de tema, ha sido mi madre la que me ha despertado de la siesta para preguntarme si estaba bien. Siempre cree que, cuando hay una descracia o conato de desgracia en Madrid, yo estaba pasando por el epicentro de la catástrofe en el momento mismo en que se produjera. Curiosa la forma de discurrir de las madres... la mala noticia de hoy la protagoniza una furgoneta cargada de explosivos en el barrio de Simancas. Ha sido ETA.

Feria del libro

Feria del libro

La Feria del Libro empieza el próximo 27 de mayo, como siempre, en el Retiro. Y te echo de menos. No quiero contenerme, ni escribir más, porque cada letra resta fuerza a lo que me está aplastando con un peso tremendo, como el de toneladas de metal.

Esta mañana, sola, he terminado otra novela, "El librero Vollard", del francés Pierre Peju; un relato en el que palabras como Vómito, Sangre y Orinar se repiten de una forma sorprendentemente efectiva. He pensado que me estoy volviendo un poco Vollard, con mi nuevo empleo, mi adicción a la literatura y mi tendencia a pasar las horas delante del ordenador, escribiendo o deambulando sonámbula por páginas y páginas de basura; triste.

Ayer N me preguntó por ti mientras cenábamos en Casa Cirilo, y me di cuenta de que ya no te nombro. También hablamos de M, aunque de él nunca hablaremos de verdad, pero eso fue después, en un local de la calle Alcalá donde el camareró insistio en haber leído El Quijote cuando tenía 16 años. Fue también allí donde conocimos a una norteamericana con dos perras, Paca y Alba. Nos contó que estaba casada con un italiano y vivía entre Mallorca y Madrid. Se presentó, aunque ya no recuerdo como se llama.

A las dos nos echaron del bar. Tenían que cerrar. Volví a casa sin sueño y ahora, varias horas más tarde, estoy aquí urgando en la mierda para no llorar; tratando de escribir cosas bonitas a partir de sentimientos podrídos, que apestan y son pasto de las cucarachas. El cursor debería ir hacia atrás. borrar esta a; borrarla.

Soledad. Apunte III

Por poco tiempo solo que pases, vives solo. Si se te olvida algo en casa, tienes que volver, no puedes llamar a nadie para que te lleve lo que te dejaste o apague el gas, y eso suponiendo que no se trate de las llaves (¡¡Uff!!). Esta mañana me di cuenta en la estación de Goya de que me había olvidado la cartera con el bonometro dentro. Tuve que volver corriendo a casa, bajo la lluvia.

Aquí no paga nadie

Aquí no paga nadie

Sábado, ocho de la tarde. Después de pasar meses enganchada a "Hospital Central" por obra y gracia de Vilches, por fin le veo actuar en directo gracias a la generosidad de S, que me sorprende con entradas para "Aquí no paga nadie", hasta el 29 de mayo en cartel.

El teatro Infanta Isabel (C/ Barquillo, 24) no se llena. En el escenario, interpretando un texto del Nobel Darío Fo, que no me cae bien, comparten cartel con Jordi Rebellón Silvia Marsó y Ángel Pardo (el enfermero de "Hospital"); ella mediocre; Pardo salva la obra.

No nos aburrimos. Vale la pena ver el montaje porque tiene una escenografía excepcional. Cuando salimos, en el corazón de Chueca, ese lugar, buscamos un restaurante y acabamos en Momo(C/ Augusto Figueroa, 41), un local con cristalitos de colores en la entrada , donde en apenas 15 minutos nos dan una mesa y cenamos fenomenal, de menú, por 14 euros cada una. Invito a S a cenar.

Al día siguiente trabajo, así que me retiro pronto, sólo una copa en La Galería; allí encontramos al dueño pendiente de los últimos segundos del partido del Madrid, que pierde la liga mientras la camarera nos prepara un beefeater con limón natural y Fanta. Le cuento a S que el viernes atendí a Mauri-Luis Merlo en la librería. Estuvimos hablando de relatos y se llevó varios títulos; tantos que recurrió a las cestas de plástico tipo Champion, que ponemos a disposición de los clientes, para poder cargarlos hasta la caja. Me cayó bien.

Hoy Eloy Azorín se acercó al punto de información para preguntarme por la última obra de Sándor Márai. Delgadísimo, llevaba bastón y una levita negra; el pelo rubio peinado de punta y una general y acentuada palidez. Parecía salido de un texto de Wilde o del propio Màrai. Le guié hasta "La mujer justa" y sólo cuando se marchó caí en la cuenta de que acaba de publicarse "Confesiones de un burgués". Tal vez vuelva.

Nada de particular

Me levanto a las once y, después de hacer café y hablar con mi madre, enciendo el ordenador; una enumeración patética. Esta semana no ha pasado nada, aunque ese nada no equivale al vacío universal, sino a la sucesión de acontecimientos rutinarios y sospechosamente poco estimulantes que han llenado mi tiempo, la NORMALIDAD: bromas y visitas en el trabajo, llamada de A, cena con Diego, algo de Buenafuente y mucha lectura (terminada "Una mujer, una casa, una novela", empiezo "Azul casi transparente", de Ryu Murakami, el Welsh oriental).

La realidad no dice nada. Esa es la conclusión más interesante a la que llego. El lunes por la mañana escribo "Paréntesis" (véase post anterior) y lo llevo a la Fnac para que lo lean Helios y Pedro. Es lo primero que les dejo y el martes, cuando nos volvemos a encontrar en el cambio de turno, Helios me dice que no le ha gustado: "No me ha gustado", esa es su declaración literal; a continuación se ríe y empieza a darme un montón de razones bien fundadas por las que el texto le parece pobre, manido, poco original. Y a mí me toca defenderme.

En el "fragor" de la discusión, se me ocurre que el relato es un experimento, una especie de desafío literario (a pretenciosa no me gana nadie), un estudio frío de la realidad. La realidad no habla, es muda, se limita a transcurrir. Lo que hacemos cuando escribimos (o pintamos, o componemos...) es rascar en su superficie hasta sangrarla. No nos basta con su apariencia, que consideramos engañosa, y la trinchamos sin piedad abriéndonos paso por lo que narramos como si se tratara de una selva frondosa e intrasitable. Quizás no debería ser así.

Partamos de la base de que "Paréntesis" es malo. De acuerdo, sin embargo lo salvo por su intención. Es un relato que SÓLO mira, prescinde de explicar.

¿Y si me miro al ombligo? Puedo verme escuchando a Antonio Vega en la penumbra de un viernes por la mañana, después de haber trasnochado por rutina y sin demasiadas cosas que contar. A dice que quienes se reconocen felices o piensan y hablan de alcanzar la felicidad pecan de tontos...

Vuelvo a poner "Cómo hablar".

Tetralogía I. Paréntesis

Conocí a un hombre en otra ciudad, una vez. Estaba de paso. Era el amigo de mi padre. Habían crecido juntos, vivían en el mismo pueblo.

Aquel hombre, en su habitación de hotel, me habló de cuando mi padre y él, al cumplir 18 años, celebraron su mayoría de edad en un bar, sin imaginar que algún día tendrían hijos. Mientras me lo contaba, la lluvia golpeaba los cristales de la ventana que daba a la plaza donde, horas antes, quedamos por compromiso.

Era una tarde de miércoles y en los informativos de la sobremesa habían anunciado la tormenta.

Escuchaba su voz sin mirarle. Desnudo, tumbado a mi lado en la cama deshecha, mantenía sus ojos pequeños y azules clavados en el techo, como si fuera el techo el que se hubiera interesado por su historia y yo ya no estuviera allí, concentrándome en las desprotegidas copas de los árboles que, empapadas, se agitaban con el viento.

La televisión continuaba encendida a media voz. Empezaba a anochecer. Quise marcharme, pero no me dejó. Intuyó mi necesidad de escapar y puso como excusa el viento y la lluvia; eso le explicó al techo. A mí me sujetó el muslo con la mano que mantenía debajo de las sábanas y entonces, sí, se volvió y me acarició el pelo, me besó en la nuca, se incorporó y apagó la luz para suplicarme a oscuras que me quedara. Desarmada, tuve que obedecerle.

A la mañana siguiente desayunamos café con leche y porras en un bar. Pagó él. Con los ojos cargados de sueño hojeamos el periódico.

Después caminamos hasta la parada y esperó conmigo. Sonreía levemente, quizás el sol, frío y metálico, cohibía sus labios. Sé despidió cuando llegó el autobús. Me dio un beso fugaz y empezó a alejarse con las manos en los bolsillos de su cazadora de ante.

No le he vuelto a ver. La última imagen que conservo es la de su marcha pausada. Le observé desde la ventanilla del autobús sin que se diera cuenta, no se giró. Aún así a mí me invadió una extraña sensación de equilibrio en el agua y silencio.

***

Las pasiones

Las pasiones

"Las Pasiones" para Bill Viola son frías, al menos eso es lo que me ha transmitido esta tarde. Tal vez mi estado de ánimo ha tenido algo que ver, pero no se me ocurre nada que al sucederme pudiera hacerme ver las instalaciones y vídeos de este neoyorquino nacido en 1951 desde una perspectiva más caliente, más accesible y, en definitiva, más próxima a la comprensión.

Es viernes. N me ha recogido a las seis y hemos paseado hasta Serrano 60, donde la sede de la Fundación La Caixa en Madrid alberga esta muestra de videoarte de la que habla todo el mundo: aparte de las repetidas recomendaciones de G y las buenas críticas, A envió recientemente un correo en el que alababa las ocurrencias de Viola y nos animaba a acudir a la exposición antes de su clausura, el 15 de mayo.

La verdad es que N y yo nos hemos reído. Es posible que si hubiéramos ido cada uno por nuestra cuenta nos hubiéramos concerntrado más, no lo sé, el caso es que las imágenes prisioneras y en movimiento, encerradas en las pantallas planas, según he leído para evocar los retablos medievales, sólo han conseguido transmitirme literalmente FRÍO, lo que no significa que me parezcan malas, sólo lejanas y asépticas. Quién sabe si ese es el mansaje que Viola quiere transmitir acerca de cómo ve a la humanidad... quién sabe si soy yo la que a día de hoy la veo así y es mi opinión la que se proyecta allá por donde voy.

"Las pasiones" y "The crossing" son, de todas formas, una propuesta interesante, que inquieta al observador. Ya me diréis.

Ha sido una tarde de viernes, empieza el fin de semana. En mi rutina: "Trópico de Capricornio" durante los viajes de metro; "Una mujer, una casa, una novela" cuando me canso de la tele; y El Canto del Loco en el ordenador. La vida sigue. Lo noto.