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No me llames

Soledad. Apunte II

A veces me gustaría que hubiera alguien. Por ejemplo, hoy. Una llamada me ha despertado de la siesta y, al colgar, aun medio dormida, he pensado en tomarme un café con leche para espabilar, pero no había café hecho, así que he tenido que levantarme, preparar la cafetera... si alguien hubiera estado en la casa conmigo podría haberlo hecho por mí y traerme la taza a la cama... aunque también podría haberme despertado de la siesta antes incluso de que sonara el teléfono, con sus ruiditos. Dicho popular: no hay mal que por bien no venga.

Leyendo Solaris en Usera

Leyendo  Solaris en Usera

Stanislaw Lem publicó "Solaris" en 1961, pero yo no supe de su existencia hasta algunas decenas de años después. En febrero de 2002 se estrenó en España la segunda versión cinematográfica de la novela, dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por George Clooney. La vi un domingo en Madrid, en los Acteón, la tarde anterior media ciudad se había manifestado contra la guerra con Pedro Almodóvar como portavoz. Había discutido con mi novio dominicano y me fui sola al cine. Es curioso, pero recuerdo hasta lo que llevaba puesto: el peto vaquero y una camisa a cuadritos grises y blancos que me confería un aspecto extraño, de granjera. Quizás tal precisión por parte de la memoria se deba a que yo estaba verdaderamente enamorada de aquel ser y de ahí se deriva la minuciosidad con que puedo recuperar semejante "momento trágico"... no lo sé.

El caso es que vi la película estando triste y la olvidé nada más salir. Era una tarde nublada que C, mi ex enfadado y cinéfilo, aprovechó para encerrarse sin mí en la filmoteca y digerir un clásico infumable de la Nouvelle Vague. Cuando salió, entrada la madrugada, yo le estaba esperando con pretensiones de reconciliación. Hicimos las paces y le hablé de "Solaris" con cierta ingenuidad y bastante desconocimiento. Fue él quien me explicó que Soderbergh se había inspirado en el clásico literario de ciencia ficción y que existía una primera versión cinematográfica del texto de Lem, la del ruso Andrei Tarkovsky, estrenada en 1972.

Ahora saltemos en el tiempo: C forma parte del pasado y llevo un par de semanas trabajando entre libros. "Solaris" es mi primera tentación. Doy con ella por casualidad, convertida en un facing de una de las últimas estanterias dedicadas a Literatura fantástica y de ciencia ficción. En formato bolsillo, publicada por Minotauro, la atracción que siento por la novelita es casi física. Hasta que me la compro transcurren unas 48 horas muy largas, durante las que me detengo con frecuencia a hojearla y hablar de ella con quienes la han leído. Cuando finalmente cae en mis manos, leo con avidez. La termino en tres días y no me defrauda.

La segunda de las jornadas dedicadas a la lectura de "Solaris", mi amiga peruana K me invita a comer en el piso que ha alquilado con su marido en Usera. Hace calor, 33 grados según el termómetro urbano de una parada de autobús. Salgo del metro y, mientras espero que K venga a buscarme, me siento en un banco y abro la novela: Kris se despierta y Harey ha vuelto; eso es lo que me cuenta Lem muy lejos de imaginarse que alguien iba a leerlo alguna vez entre las tres y las cuatro de la tarde, en un barrio repoblado por inmigrantes al sur de Madrid. K llega y caminamos charlando hasta su casa en el tercer piso de un edificio sin ascensor. La puerta del apartamento es azul; ella está contenta. Lo noto mientras me enseña los menos de 60 metros cuadrados en los que convive con su marido y dos realquilados, un Erasmus griego y una rumana sin papeles. El sol entra por todas las rendijas, la música suena en la radio y K está preparando Carapulcra en mi honor, un plato peruano con papas secas, cordero y arroz.

Pasa de las seis cuando la hermana de K se une a nosotras. Las conocí a las dos en una de las mil empresas de teleoperadores para las que trabajé. La hermana de K, casada con un camarero español, sueña con ser cantante. Es la clase de chica que engancha la mirada de los hombres que viven en Usera. Lleva unos vaqueros ajustados y una camiseta de licra sujeta al cuello por un cordoncito mínimo. Nos reímos. Les hablo de "Solaris" y K me cuenta que está leyendo la serie "Caballo de Troya", de J.J. Benítez. Saca el libro de su habitación y comentamos el surreal argumento en voz alta. La hermana de K ha decidido que va a tintarse el pelo como Britney Spears. Ya no lee, antes sí lo hacía, pero nos dice que se cansó.

Son más de las ocho cuando nos despedimos de K de nuevo en el metro.

Fue una tarde agradable. Cada vez estoy más segura de que nos hemos hecho amigas. Literatura aparte, les he hablado de mi encuentro con A. Lo tengo en la cabeza.

La mujer justa II

La mujer justa II

Ya estoy aquí. He vuelto. Indico situación: delante del ordenador a oscuras (la bombilla del recibidor se fundió ayer y, ¡Atención!, no tengo dinero para reponerla). Me acabo de duchar, llevo una toalla en la cabeza, el bañador de N. y voy sin camiseta. Esta vez no hay pollo de por medio, pero no deja de ser una imagen patética. En este instante, para colmo, acaba de terminar "con el alma en pie", cantada a duo por Chenoa y Bisbal. Beth y "Dime" toman el relevo.

Primera duda que puede suscitar el párrafo anterior: ¿Por qué no tengo dinero? Respuesta: porque la Caja de Ahorros del Mediterráneo no ha validado el cheque del Banco Santander que ingresé ¡¡¡HACE YA CINCO DÍAS!!! con mi finiquito. Irónicamente, ahora que gano más se me funden las bombillas -ayer me dio un calambrazo tratando de resucitar a una que casi ni lo cuento- y tengo la cuenta en números rojos.

Segunda y última duda que tal vez os genere mi estado: ¿Por qué escucho a los ex triunfitos? Me guardo la respuesta para un post que lleve ese título.

Lo que importa es que en medio de este maremagnum de desgracias domésticas, como escribía ayer, he terminado "La mujer justa" y me ha gustado, aunque es una novela triste y Márai utiliza a uno de sus personajes para decir que la mediocridad reside en la práctica totalidad de los sentimientos y situaciones humanas.

¿Será eso verdad? Si lo es, no queda más escapatoria que reírse.

Ayer por la tarde estuve con L. Fuimos al cine, vimos "La intérprete", película casi con seguridad patrocinada íntegramente por la ONU, imposible de creer desde el principio hasta el final, en la que Nicole Kidman tiene pasaporte de un país imaginario, Matobo, y se convierte sin comerlo ni beberlo en la defensora mundial de la libertad de los matobanos. ¡Qué bonito! Menos mal que la perturbadora presencia de Sean Pen ayuda a pasar el mal trago. Por cierto, a su personaje no sólo le abandona la mujer, sino que además se le muere en el intento de abandono, con lo cual es un hombre doblemente atormentado y resulta doblemente atractivo para la espectadora común y, de forma transitoria, insatisfecha, o sea yo. ¡Dios! ¡Cuán salida estoy!

L se despidió de mí a las doce y media de la noche después de darme un masaje que nunca le agradeceré bastante. En la puerta, antes de empezar a alejarse por el pasillo de paredes verdes hacia el portal, puso cara de profesor de Latín y me dijo: "Hay que volver a follar", ya es el momento.

Así sea.

La mujer justa

Aviso para los que me leéis: empiezo a escribir este post segundos después de poner el la sartén dos cuartos de pollo que en teoría van a cocinarse sin percances y a fuego lento, pero esto sólo es en teoría; así que cualquier alteración en la lógica de la parrafada que pienso elaborar a continuación achacádsela al pollo y a los imprevistos con los que pueda perturbar mi tranquilísima mañana de domingo.

Es domingo, sí, ayer salí con la gente de mi ex ex empleo después de trabajar durante seis horitas y media vendiendo libros en EL DÍA DEL LIBRO. La tienda era un caos, parecía un hormiguero. Nos dicen que es el día de "Algo" y nos lanzamos a la calle como si se tratara de la jungla, corriendo a comprarlo no sea cosa que nos lo vayan a quitar. Somos un poco cerriles. No me creo que todos los que me pidieron libros del reciente Cervantes Ferlosio los vayan a leer ni a asimilar, ni que todos los que me hicieron buscar en el ordenador por "Ratzinger" para gastarse unos euros en algun librito escrito por Benedicto XVI antes de su ascenso a Papa vayan a empaparse con embeleso de lo que este ecuménico ser pensaba cuando no era más que un pequeño cardenal sin aspiraciones... uhhhmmm... el caso es que el género quedó diezmado y la planta arrasada por las fieras. No pasa nada, contábamos con ello.

Concluida la obligación, como decía, llegó el placer: cena en la pizzería Cervantes con los compañeros teleoperadores. Nos reímos y además D., el minúsculo aunque adulto estudiante de Bellas Artes, se sentó a mi lado y estuvo toda la noche insinuándose (o al menos eso quise pensar yo, con lo que para el caso es lo mismo), culminando su inesperado ataque con alguna que otra caricia a mi cintura ya en el pub La Galería, donde el dueño, como siempre, nos invitó a un chupito de crema catalana después de la primera copa y puso en mi honor La Sopa Fría. A las dos y media D. se fue y yo, típica y tópica para no variar, perdí todo interés por la fiesta. No tardé nada en irme a casa A PIE, lo que significa que anduve, en compañía de J. y L., desde Huertas al barrio de Salamanca... caí rendida.

No he dormido bien. A las once y media ya iba por la casa como un alma en pena, pensando en encender el portátil para ver qué tal había pasado el fin de semana mi amigo el Troyano. Eso he hecho, pero antes me he terminado a golpe de café con leche "La mujer justa", de Sándor Márai, un escritor hungaro que nación en 1900 y en 1989 se quitó la vida.

Lo dejo aquí, el pollo me reclama. Luego vuelvo a ampliar y perfeccionar, si cabe, la información.

Fuera de tiempo

No hay relojes ni tampoco ventanas, así no hay posibilidad de controlar el paso de las horas y el cliente pierde la noción del tiempo. Hasta que me lo explicaron ayer, nunca me había dado cuenta.

Las escaleras mecánicas suben y bajan en direcciones opuestas a las del metro y no hay ningún cartel que indique con una flecha como encontrar la salida. Entrar es fácil, salir no. Se pretende que el comprador en potencia recorra el mayor espacio posible y vea más mercancía... la tentación está por todas partes y la gente cae en la trampa y compra sin pensar.

Llevamos aproximadamente cuatro horas de visita formativa por el centro comercial, con la espalda hecha polvo y dolor en las piernas, cuando subimos con nuestro guía a la séptima planta, el almacén, las tripas de la tienda, como lo llamó A en su último correo. El techo es alto y el mobiliario, estanterias interminables llenas de libros y CD's, es gris. Hay un halo de humedad y refugio, y hace frío. Dos chicas trabajan a destajo llenando cajas con productos defectuosos para devolver al distribuidor. Nos explican en qué consiste su tarea y nosotras las escuchamos como bobas, fascinadas por lo que estamos viendo a la luz dura de un neón.

Cuando salimos, mientras esperamos el ascensor, descubrimos una ventana del tamaño de una almena desde la que se ve Madrid arañado por unas cuantas golondrinas. Está oscureciendo.

Trópico de Capricornio

Henry Miller escribió en 1939 "Trópico de Capricornio ". Fue amante de Anaïs Nin.

Cuando el poeta A se entera de que ahora ya no soy transcriptora de anuncios sino librera en Callao, me llama para preguntarme si tenemos la novela del escritor americano. Al día siguiente lo compruebo en el ordenador y descubro un par de ejemplares de bolsillo en la segunda fila de uno de los estantes más cercanos al suelo. Sentada en la moqueta de la cuarta planta, confirmo que las palabras de Miller están allí, sujetas a las páginas como garrapatas, refugiadas, esperando que A las arranque de su escondite y las utilice para animar la conversación de su tertulia.

Soledad. Apunte I

Si se tiene un portátil que arrastrar por todas las habitaciones de la casa (especialmente los domingos y festivos), encendido, conectado y con procesador de textos, es mucho más llevadera.

Charada

Charada

Técnicamente ya es lunes y, sí, escribo desde mi "minivivienda" y no desde la oficina porque soy un As y después de 48 horas de tacos, desesperación y ojos como tomates, he aniquilado (al menos temporalmente) al gusano, virus, troyano o lo que quiera que sea el bicho que parasita en mi portátil. Son cerca de las doce y media de la madrugada y en la tele están anunciando nuevos capítulos de CSI Las Vegas por enésima vez... llevan semanas anunciándolos...

El PNV ha vencido, pero ha perdido escaños con respecto a la legislatura anterior; el PSOE los ha ganado y el Partido Comunista de las Tierras Vascas ha conseguido nueve, nada más y nada menos. Intento concentrarme en la cuestión para alcanzar alguna conclusión de provecho, pero la proximidad del Cónclave me perturba y se cruza por mi pensamiento reclamando mi dispersísimo interés... TODOS podemos ser Papas... todos menos, al parecer, el pobre Madariaga, que ha hecho unas inoportunas declaraciones cuando tácitamente ya se había impuesto el silencio entre los cardenales. Pobrecillo, qué desilusión.

Y entre tanta cuestión de peso, esta tarde, en Tele Madrid han puesto "Charada" un par de horas antes de que Germán Yanke, ese ser del que ya hablaremos, hiciera su aparición para informar de la última hora en el País Vasco. Por fin la he visto entera, ¡y he descubierto cómo acaba!. La película de Stanley Donen, con Cary Grant, Audrey Hepburn (pareja con poca química) y Walter Matthau, no es demasiado buena, pero tiene esa pátina extraña que sólo cubre a las pelis americanas popularmente denominadas "de antes".

Así he pasado la tarde del domingo: en la butaca a cuadros, acurrucada y tapada con el batín azul, que me compró mi madre cuando estaba en 4º de EGB y, como diría ella, todavía "me hace papel" ahora que acabo de cumplir los 27 años. Que nadie se lleve a engaño, no soy una persona sucia, sin embargo por una extraña cuestión de "principios", desde que el batín se convirtió en mi responsabilidad, dejé de lavarlo y lo convertí en una especie de "manta" cargada de significados propios de telefilm... lo quiero más... ¿Se nota que estoy nerviosa por la inconexión de mis refelxiones? Puede ser, no digo que no... pero es que HE PASADO EL PROCESO DE SELECCIÓN y a partir del martes me incorporó a un trabajo nuevo.

Adios a E.

Estoy leyendo "La mujer justa".

Idiomas por señas

"Se hablan idiomas por señas", eso es lo que pone en un cartel (trozo de cartón arrancado de una caja de embalar) que cuelga entre los periódicos de uno de los quiosco-chiringuitos de Callao, concretamente del que está enfrente del Palacio de La Prensa. Lo mejor es que "Se hablan idiomas por señas" está escrito en español, con lo cual los turistas extranjeros, erasmus y demás fauna no hispanoparlante de paso por la Madrid no se enteran de que el quiosquero ofrece semejante posibilidad de comunicación... caos.

Ha sido una semana dura. ¡Dios! Me he sometido a un PROCESO DE SELECCIÓN y estoy exhausta, pero ya escribiré sobre ello cuando sepa los resultados. Por ahora, lo único que quiero apuntar es que, aunque la vacante sea de charcutera (no tengo nada en su contra -no sea cosa que me demanden-), conseguir un trabajo hoy en día es una de las cosas más complicadas del universo: psicotécnicos, dinámicas de grupo, entrevistas personales... estoy cansada, ¿lo he dicho ya?

El caso es que en los trayectos hacia mi potencial nuevo curro, he pasado varias veces por el quiosco políglota y lo he descubierto. Me gustaría haber sacado una fotografía, pero aún no tengo un móvil con camarita, así que tendréis que confiar en mí o, en su defecto, daros un paseo por Callao y confirmar lo que os cuento.

Es viernes por la tarde y tengo un virus en mi portátil, estoy escribiendo desde la oficina. El lunes vuelvo.

La sopa fría

00.07 am. Técnicamente ya es martes. Agotadas mis vacaciones, vuelvo a escribir después de una larga jornada laboral multiorgásmica: el primer climax ha llegado con las galletas de chocolate que ha comprado mi jefa, estilo Granola. Ilusa, la pobre mujer ha cometido el tremendo error de ofrecerme una... en cuanto coja confianza, preveo que, entre llamada y llamada, me comeré un promedio de siete. El segundo momento de placer me lo ha proporcionado la visualización del inocente E, ajeno por completo a su rol de protagonista en mis fantasías eróticas cada vez más frecuentes. Analizando su actitud en la oficina, un tanto dispersa, un poco de efebo griego trasplantado al centro del Madrid del S.XXI, me repito una y otra vez que no tengo nada que hacer con él, que nunca se fijará en mí y bla, bla, bla... el espíritu Bridget Jones vuelve a poseerme. Si hay algo de ella que me gusta es el uso frecuente que, doblada al español, hace de la palabra "moñas".

Un poco moñas sí que soy, lo prueba la canción que en esta última época me pone los pelos de punta y que por fin conseguí grabarme ayer, gracias a mi amiga Ana y su MP3: "La sopa fría", de M-clan. La letra es tan absurda y yo canto tan mal, que cuando la tarareo debo producir una especie de fusión satánica de efectos balsámicos para mi atribulado espíritu. Gracias a ella ni las llamadas de salidos ineptos, ni la cola del Champion a las nueve de la noche... ni siquiera el rumor de que el penúltimo hombre que me besó está viviendo con otra... NADA consigue deprimirme.

Y ya está bien, que este post me está saliendo poco serio, salpicado de ironías tipo sitcom, y eso no me gusta. Antes de irme, no quiero olvidarme de contar que hoy he descubierto, gracias al descubrimiento previo de Escolar.net, un blog que desconocía, "El Teleoperador". Promete. Tengo la intención de no perderlo de vista.

El mar

El mar

"Conocí a un hombre en otra ciudad, una vez". Quiero empezar así mi próximo cuento, aún no sé qué pasará ni, por supuesto, cuál será el final, pero sé que lo quiero empezar así. Se me ocurrió ayer, mientras agotaba el tiempo que me queda en Valencia.

Convencí a Rafa para que me acompañara a la Malvarrosa. No hacía frío, pero tampoco había sol ni demasiada gente. Quería ver el mar. Antes no tenía necesidad de verlo, pero llevo algunos meses descubriéndome nostalgias de la playa, por eso viajé a Portugal en octubre, con un ansia repentina de encontrarme con el Atlántico y las olas.

Mañana vuelvo a Madrid. Una de las mejores novelas que he leído se llama "El mar, el mar", de Iris Murdoch, publicada por Lumen. Aquí os dejo la imagen de la portada, por si os interesa.

Nos sentamos en un chiringuito cerca de la arena y pedimos unas bravas y un par de cañas. Hablamos.

Rafa y el contrato social

Rafa y el contrato social

"Rafa comiendo arroz caldoso", así he titulado el archivo con la fotografía que le he hecho a mi hermano esta mañana en la cocina, mientras comía viendo a María Teresa Campos en la televisión. Todavía llevaba el pijama, eran las dos y acababa de levantarse. Mi madre dice que esa se ha convertido en su rutina diaria: no ir a la universidad, dormirse bien entrada la madrugada y pasarse la noche en vela viendo películas y leyendo.
Estoy pasando una semana en Valencia con mi familia, me he tomado unas vacaciones para alejarme un poco de Madrid. Siempre me pasa lo mismo, cuando estoy allí no me quiero marchar; cuando estoy aquí, paeándome por la casa tan grande y escribiendo en el ordenador nuevo, con pantalla plana y silla ergonómica, no quiero volver. Pero voy a dejar de adentrarme en lo que amenaza con convertirse en un post tipo "Bridget Jones", no sea cosa que localice mi blog Borjamari y me ponga a parir (de hecho, creo que la expresión "poner a parir" ya le daría suficientes motivos para defenestrarme en la red). Llegué hasta su bitácora a partir de la de Nacho Escolar y la idea de que analizara la mía alguna vez me puso los pelos como escarpias, aunque probablemente este temor tan claro sólo esconde el deseo de que encuentre "No me llames" y haga una crítica. En fin... ¡Al grano!

La otra noche, antes de acostarme visité el despacho de mi padre en busca de alguna novela que me distrajera un poco. No me decidí por ninguna pero, lejos de rendirme, amplié mi búsqueda a los dominios de mi hermano y me metí en su habitación. Olía a tardoadolescencia y a pies. La persiana de la ventana que da a la calle estaba bajada y la única luz que funcionaba era la del flexo. La cama no estaba hecha. Sobre la mesa de estudio, todo estaba revuelto; papeles con apuntes, hojas en blanco, un par de libros de arquitectura abiertos... en la mesita de noche, mi ejemplar de bolsillo de "La lista de Schindler", y en las estanterías un montón de títulos tan variados como inadjudicables a lo que de mi hermano se podría esperar: "Fausto", varios volúmenes con los cuentos de Borges, ficción en catalán... y, entre todos, con una señal probablemente reciente entre sus páginas, una edición nada despreciable de "El contrato social", de Rousseau, publicado en 1762.

Habréis adivinado que el que aparece al lado de este texto no es mi hermano, sino Rouseau caricaturizado. He intentado colgar la foto de Rafa comiendo, pero pesaba demasiado. Vuelvo a mi historia: aprovechando que no estaba, me senté en la cama a "meditar". ¿Qué clase de persona es aquella que con 23 años se acerca a obras como "El contrato social" por interés? ¿Con quién habla luego del tema? ¿Por qué al mismo tiempo se retrae y apenas va a clase? Todas son preguntas propias de una imbécil, que no merece la pena contestar... me llama la atención el universo de Rafa, que no se puede intuir, que no puede imaginar el que se cruza con él en un semáforo o se sienta a su lado en la barra de un bar. Me llevo bien con él. Me decido al cabo de un rato y elijo "El triunfo de la belleza", de Joseph Roth, publicado por El Acantilado. La leó de un tirón antes de dormir. Guardo unas líneas para comentarlas con Rafa en el momento adecuado, que se presenta hoy a mediodía, horas antes de que vayamos juntos al cine a pasar miedo con "El escondite". Roth escribe lo siguiente:

"El plebeyo es ambicioso. El hombre verdaderamente noble es anónimo. En la nobleza innata existe una fuerza, que es mayor que la luz que irradia la fama, mayor que el brillo del éxito, que el poder del que vence. La ambición es, como he dicho, un atributo del plebeyo. Él no tiene tiempo. Él no puede esperar para alcanzar el honor, el poder, el prestigio, la fama. Sin embargo, el hombre noble tiene tiempo para esperar, sí, incluso para quedarse rezagado."

Cuando lo comentó con Rafa, no está de acuerdo. Supongo que no hay excusas que justifiquen a nuestros propios ojos el quedarnos atras. Nunca.

Olvídate de mí

Olvídate de mí

Mucho tiempo sin escribir. La culpa, la patética infraestructura informática que me rodea y las actividades imprevistas, que me van llenando los días sin previo aviso, no dejándome un momento para nada. En fin... más vale tarde que nunca, dicho popular (en Portugal hay uno que dice: "Quien buena cama hace, en buena se acostará". N lo compartió con nosotros en una de las comidas falleras y creo que si lo vuelco aquí conseguiré recordarlo).

Pero, al grano. Esta semana ha venido marcada por la consecución de lo que ya se había convertido casi en un sueño: ver "Olvídate de mí", una película cuyo nombre original, "Eternal sunshine of the spotless mind", resulta prácticamente impronunciable. Basada en un guión de Charlie Kaufman, que este año se ha llevado el Óscar, y dirigida por Michel Gondry, la historia que protagonizan Jim Carrey y Kate Winslet supone una curiosa reflexión sobre la memoria, la determinación y la importancia de los recuerdos. Sin embargo no os la voy a contar, para eso ya están las carteleras y las guías del ocio. Voy a limitarme a destacar la inteligencia de sus creadores, autores de "Cómo ser John Malkovich", "Human nature" o "Adaptation", a la hora de hacer que el personaje de Winslet, Clementine, tenga la costumbre de cambiarse el color del pelo dependiendo de su estado de ánimo. Cuando Carrey la conoce, Clementine lleva un tinte que se llama Ruina azul...

Di con "Olvídate de mí" gracias a una compañera de trabajo que vive con su novio y en sus ratos libres se dedica a grabar todos los CD's (de nuevo el apóstrofe infernal) que caen en sus manos. Me la llevó el lunes por la mañana a la oficina y me hizo feliz, aunque mi portátil se encargó de paliar mi orgasmo existencial estropeándose "un poquito" y obligándome a ver la película a cámara lenta y con las voces algo distorsionadas. Aún así, la vi. ¡A joderse el ordenador! Me quedé delante del monitor durante horas, dos tardes seguidas y, a pesar de que no ha sido hasta hoy domingo cuando, al verla en la casa de mis padres a su velocidad de reproducción normal y con buen sonido, la he asimilado más o menos al cien por cien, conseguí tragármela completa y me encantó.

Hay que quedarse con los recuerdos. Aunque al principio nos puedan doler, si tenemos paciencia acabamos llegando a una especie de oasis que aparece después del dolor, en el que se nos permite ver nuestro pasado vacío de amargura.

Ya no echo de menos a R. Puedo acordarme de él y valorar nuestra historia. Ayer por la noche, en La Galería (C/ del Prado), tomando unas copas con mi hermana y con S., pensé en él. Me gusta la música de ese bar: El canto del loco, M-clan, Melendi, Estopa, etc. Antes de ir para allá, en un café de Huertas, La Piola (C/ del León), les conté que creo que me gusta E, uno de los informáticos de mi trabajo, con el que no he compartido más que un par de anécdotas tontas, una sobre los chivatos y otra sobre la apostasía, la acción y efecto de apostatar (o sea, más o menos, desbautizarse).

Tengo una semana de vacaciones por delante. En ella puedo olvidarme de E o alimentar la ilusión, como si se tratara de una caldera a la que alimentar con carbón en la sala de máquinas de un trasatlántico en medio del océano. Aún no sé lo que haré. Por otra parte, me ilusiona esto del blog y me he propuesto dedicarle tiempo, completar los artículos con imágenes, enlaces y todo eso... también quería hablar de mi incursión con N en Lavapiés y nuestra compra de Curry y arroz largo, que culminó conmigo en la cocina inventándome un plato: Arroz al curry con galletas. Pero me parece que ya está bien por hoy. Lo haré a la próxima.

Conversación sobre sexo lésbico en el café Belén

Noche de Viernes Santo. S, Nat y yo nos perdemos en la frontera invisible entre Malasaña y Chueca. Mientras caminamos por las aceras húmedas rezando para que no vuelva a llover y buscanco un restaurante abierto en el que tengan la bondad de darnos de cenar, pienso que tiene cierto encanto perderse recorriendo las calles de la ciudad en la que vivimos, un extraño privilegio para los habitantes de las grandes capitales del que sin duda no disfrutan los oriundos de Albacete... eso me consuela.

Nos aventuraramos hacia un japonés de Bilbao y en nuestro laberíntico recorrido pasamos por la calle Belén, donde descubrimos un café con el mismo nombre que a las tres nos llama la atención, algo tenebroso, con buena música y rebosante de bohemia. Más tarde decidiremos volver.

Durante la cena, en contra de todo pronóstico, se pone interesante la conversación: empezamos con el sushi y la polémica sobre adopción sí/adopción no para las parejas homosexuales, y acabamos con bolitas de sésamo y pasta de arroz (excepcionales), planteándonos si seríamos capaces de mantener una relación lésbica. Con mis tres copas de vino blanco en el cuerpo y un porcentaje no despreciable de salidez, me lanzo a escandalizar a Nat, que respetando la tradición no ha probado la carne, y aseguro que yo no descarto la posibilidad de enrollarme con una mujer, "si surge"... ¿Donde voy? El alcohol me ha subido demasiado y noto que no sólo he sacado a Nat de sus casillas, sino que además he despertado el interés de las mesas de alrededor. Huyendo del espectáculo, mis amigas me sacan de allí y me "esconden" en la penumbra del Café Belén. Hay varias mesas vacías. Me pido un cortado con Baileys, S una Caipiriña y Nat un carajillo. En la barra, una pareja de hermanos gemelos de lo más alternativos comparten charla con sus respectivas novias, una rubia y la otra morena, las dos delgadísimas y, eso sí, muy muy sofisticadas en su estilo de "todo me da igual y si voy un poco zaparrastrosa, mejor".

Continuamos con nuestra acalorada discusión y me mantengo en mi postura. No les miento, no quiero picarlas. Es verdad que a veces me he imaginado besando a una mujer, si bien no me he sentido atraída por ninguna desde mi más remota adolescencia y creo que no se me ocurriría a estas alturas tomar la iniciativa con ninguna, porque no siento atracción. pero, ¿y si ella la tomara? ¿y si an alguna chica le gustara yo y me besara con la misma "osadía" (¡Dios! A veces resulto muy medieval) con que se lanzan algunos chicos. ¿Quién me asegura que mi reacción no me sorprendería?

Al día siguiente, víctima de mi soledad, caigo en la tentación de elaborar una teoría en la que comparo los cuerpos de los hombres y las mujeres con países, ciudades y pueblos que puede o no merecer la pena visitar... estoy fatal, ya lo sé. Por la noche L se queda a dormir y en una conversación que se prolonga hasta las tres de la madrugada me dice que concibe el sexo como algo que le produce asco, algo "sucio", esa es la palabra que usa. Tiene 22 años y es gay. Me sorprende su visión del asunto.

Sobre la importancia y el peligro de mirarse el ombligo

Es curioso pensar en todos esos seres humanos que viven una vida entera sin hacer el menor comentario, la menor objeción, la menor observación. No porque esos comentarios, objeciones u observaciones vayan a tener un destinatario o un sentido cualquiera; pero a fin de cuentas me parece preferible hacerlos.

Eso escribe Houllebecq al final de "Plataforma" (Anagrama), final que me reservo por si acaso aún no la habéis leído. Creo que tiene razón. Desde que empecé a publicar en este blog, a menudo le doy vueltas al porqué de la necesidad de contar cosas, de hablar sobre lo que hacemos, lo que pensamos o lo que nos pasa. A veces me parece que me miro demasiado el ombligo, y pierdo el tiempo ya no sumergida en mi mismidad (¿Existe esa palabra?), sino dedicándome a relatarla aquí minuciosamente, tomando como exusa mis inquietudes culturales y mi pasión por la ciudad en la que vivo, Madrid.

Dar hace un par de días con el citado párrafo de Houllebecq me sirvió de consuelo, aunque conozco un contrapunto perfecto para semejante estímulo a la autoobservación, un cuento de Cortázar incluido en "Final de juego" (Punto de lectura); se llama "Axolotl": "Los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma." , explica el protagonista del relato, quien los descubre en una visita casual a un acuario y se obsesiona con ellos. Incapaz de hacer frente a la fascinación que le provocan los axolotl, empieza a visitarlos a diario, a pasar horas delante del cristal a través del cual los observa y siente que le observan ellos... hasta que de pronto es incapaz de distinguir el lado del cristal en el que se encuentra y descubre con terror que se ha convertido en un Axolotl.

Relacionar "Plataforma" con "Axolotl" no es difícil. Houllebecq llama Michel a su personaje, le da su nombre... podríamos pensar que se trata de él mismo, que el escritor se basa en su experiencia y, por lo tanto, el observador es a la vez el objeto observado... encuentro algo de peligroso en eso, aunque soy consciente de que forma parte del juego literario y con frecuencia del "Universo blog". Pensaré en ello... meditaré.

La Casa de Campo

N. me llama 48 horas después de su desaparición oficial. Hemos pasado tres meses sin hablarnos, pero esa tarde me recoge en la Plaza de los Cubos cuando salgo del trabajo y nos comportamos como si hubiera sido ayer cuando nos vimos por última vez. Está más gordo, lleva una sudadera roja y me cuenta que tiene un hongo en el pie. Todo muy propio de N.

Me subo a su volvo azul, de segunda mano, y conducimos hasta La Casa de Campo, donde nos sentamos a tomar algo delante del estanque. Yo me pido un cortado con hielo y él unos escalopes con patatas fritas. Son las seis de la tarde y hay piraguas en el agua y poca gente a nuestro alrededor. Hace un día bonito.

Charlamos, nos reímos, me cuenta su versión de los hechos, algo distinta a la de C. N siempre consigue esquivar la culpa y lo conozco demasiado bien como para intentar convencerle de su parte de responsabilidad en la trifulca que acabó con su expulsión del piso. No pierdo el tiempo con eso y, en cambio, le propongo que al día siguiente viajemos a Valencia para ver quemar las Fallas. Acepta sin dudar.

El viernes, de nuevo en el Volvo, después de parar en un autoservicio de Cuenca lleno de camioneros, leo en voz alta "El malestar de la cultura" de Freud mientras N. conduce. Freud habla del "Sentimiento oceánico" y nosotros utilizamos la expresión para referirnos a algunos estados de ánimo propios. Nos reímos. No llegamos a casa demasiado tarde.

Lamela 1954 - 2005

Madrid entra en la primavera. Hay algo de seco en la imagen, de piel seca: brazos secos, dedos secos. Podría lamer el aire y me sangraría la lengua... no, no, no es para tanto. Está bonita la ciudad. Ayer fue una tarde de reencuentro, rara e imprevista, una tarde de dejarse llevar, de esas en que lo mejor que se puede hacer es darse por vencido y andar a la deriva confiando en que no nos toca ahogarnos.

Salió bien. S y yo habíamos quedado para encontrarnos a las seis y media en el andén de la línea 6, metro Moncloa, dirección Cuatro Caminos. Queríamos ir a ver "El Hundimiento" a un cine de Bravo Murillo. Yo salía de trabajar a las cinco, así que tenía tiempo de sobra (me prometía un café en el Starbucks de la Plaza de los Cubos leyendo sin prisas "Plataforma", la novela en la que Houellebecq afirma que el mundo entero se está impregnando del ambiente aséptico de las zonas de espera de los aeropuertos). Sin embargo algo nos obligó a cambiar los planes: a las 16.30 sonó mi móvil. Era la madre de N. Llamaba desde Sines, un pueblo costero al sur de Portugal, preocupada porque N había desaparecido.

Hace meses que no habló con N. No nos llamamos, hemos dejado de vernos. Temo encontrarle. Nunca nos hemos acostado N y yo, pero todos los que nos conocen, aunque no lo dicen, creen que lo hemos hecho. Lo curioso es que nosotros dos nunca nos hemos entretenido en desmentirlo y hemos dejado que la sospecha cuaje y se extienda hasta cubrirnos por completo.

Me compretí con la madre de N. Le dije que le buscaría, así que localice a C por teléfono y al salir de la oficina me dirigí al piso que N comparte (compartía) con C y dos chicas en Tirso de Molina.

En la sala, con las ventanas hasta el suelo abiertas de par en par, delante de la televisión encendida sin voz, C me cuenta que han echado a N de la casa después de varias discusiones. Me confiesa que en la última llegaron a las manos y N llamó al SAMUR y a la policía. C es fuerte, tiene la caja torácica más grande que he visto en la vida. En la pelea le dio a N un par de puñetazos de los que se arrepiente. N se marchó. Le dijo a su madre la última vez que la llamó que iba a dormir en el coche hasta que encontrara un lugar donde quedarse; C me asegura que es mentira. Me habla de unos amigos portugueses con los que cree que N se aloja. Los llamamos, uno de ellos nos lo confirma. N está sano y salvo y yo llego tarde a mi cita con "El hundimiento". Me despido de C en el rellano de la escalera prometiéndole volver cuando termine el libro que me ha prestado, "Delirio", de su compatriota Laura Restrepo.

Mientras voy por la calle Toledo hacia la Plaza Mayor pienso que C estaría más que dispuesto a liarse conmigo. Me gusta pensarlo, pero sé que yo no sería capaz. Si lo fuera, después me arrepentiría. Hace sol. S y yo nos encontramos y, a pesar de que no nos queda tiempo, subimos al metro y bajamos en Cuatro Caminos cuando la película ya ha empezado. Paseamos. S lleva dos coletas y un sueter rojo que le sienta bien. Estoy a gusto. La tarde empieza a declinar, se vuelve gris. Charlando llegamos hasta el Windsor, cada vez más pequeño y paulatinamente menos fotografiado. S me propone visitar la exposición del arquitecto Lamela en Nuevos Ministerios. Acepto.

"Lamela 1954-2005" no es una muestra excepcional. Descubro que el arquitecto en cuestión es autor de la ampliación del Santiago Bernabeu y el aeropuerto de Barajas. Ha construido edificios de viviendas en la calle O'Donell y en Torremolinos... es el autor de las Torres de Colón y tiene hasta una teoría del cosmos. La sala está en penumbra y los escasos visitantes pululan en silencio entre las maquetas y las fotografías... S, a falta del proyecto para ser arquitecta, me explica algunas cosas. La escucho atenta.

La leyenda del santo bebedor

He vuelto.

Cuatro días en Valencia y no he visto el mar, no he llamado a mis amigas ni he ido a ninguna mascletà. En cambio, me he pasado el fin de semana leyendo y consumiendo DVD's (intuyo que la "s" precedida de la tilde es una aberración, pero me da igual. De vez en cuando hay que correr riesgos).

Justo al lado de nuestro portal han abierto un DVDclub de "Arte y ensayo", donde los viernes por la noche organizan un cineforum. El local chorrea bohemia, no importa cuando entres, detrás del mostrador el dueño siempre está manteniendo con el empleado de turno alguna conversación trascendente sobre cine, lo que contrasta con las falleras que pasan por la calle sin hacer demasiado caso al escaparate con las últimas novedades. Las observo desde dentro, mientras trato de decidirme por un título. Elijo "Monster", la veo por la tarde, entre siesta y siesta, no me gusta. Por la noche, en Versión Española pasan "En la ciudad sin límite". Me engancha. Al día siguiente alquilo "Te doy mis ojos" y "The eye", japonesa y se supone que de terror. Cuando la ponemos un rótulo en rojo nos avisa: "Agárrese a su butaca". No pasamos ningún miedo.

Entre película y película, mi padre me habla de libros. Me deja cuatro, "La Leyenda del santo bebedor" (Anagrama), "Vida férrea" (Losada), "La expulsión del infierno" (Alianaza) y "Nuestro hogar en Auschwitz" (Alba), y le robo uno, "Plataforma" (Anagrama).

"La leyenda del santo bebedor", de Joseph Roth, se lee en una tarde. Me impresiona. Roth habla de cosas como "el sueño de las mujeres que envejecen" y traza el relato con cuatro líneas seguras y escuetas, que sin embargo bastan y sobran para construir imágenes de una brillante nitidez. Cuando le digo a mi padre lo mucho que me ha gustado el cuento, incluido el prólogo de Carlos Barral, noto que se alegra de que coincida con él.

Y poco más... le dedico a mi prima un día entero en el que, entre otros muchos temas, conversamos sobre los blogs y los flogs. Ella no sabe lo que son; se lo explico y le parecen ideas ridículas y extremadamente egocéntricas, opinión que de alguna manera surreal comparto. Le hablo de las páginas de algunos amigos y le oculto la mía algo avergonzada. Pero hoy vuelvo a escribir.

Voy a leer otras novelas de Roth.

Realidad y Sexo

Eso que escribí sobre el cambio de color de los camaleones... una mierda. Mierda los camaleones, mierda para Bush, que no está sentado delante de este portátil ni me ha acompañado a hacer la compra. El único que se ha venido conmigo al Champion, plantado en mi cabeza como la canción de Luz Casal, has sido tú, cabrón inamovible, que vienes a todas partes detrás y dentro de mí.

No me llamas, pero estás ahí, recordándome cada vez que te perfilas en la memoria nuestras imágenes de sexo compartido. No sé qué tiene que ver el sexo con el ordenador, ni si se puede plasmar en la pantalla con letra arial... no tengo ni idea... hay algo de Jelinek en estas líneas, ¿no crees? Y mira que me gusta poco; "Deseo" es, de las últimas novelas que he leído, la más pobre, la que me ha dicho menos, llena de páginas saturadas de escenas sexuales y violentas, que se anulan unas a otras consiguiendo al final que ninguna produzca urticaria en el lector. ¿O me pasará sólo a mí, que últimamente tengo la sensación de estar de vuelta de todo?

No quiero follar más, no por ahora. Me cansa verme desnuda, mezclada con hombres cobardes que siempre llegan tarde. Y estoy triste, hasta podría llorar. Sin embargo estoy convencida de que, en cada lágrima sofocada con cleanex rosa, reside un poco de esta literatura de mierda, obscena y repleta de tacos y visiones de puticlub.

La realidad no es orginal: no lo es esta casa de 48 m2 llena de polvo y, gracias al frío, temporalmente abandonada por las cucarachas. Por eso transmitirla implique tal vez plagiar estilos y escenas. Ya veremos.

Fin de semana expresionista: Brücke

Hay un cuadro de Karl Schmidt-Rottluff que se llama "Día de viento" y está pintado con los colores propios del verano, rojos,amarillos y verdes; lo vi ayer. Fue un día feliz.

Un sábado curioso, en el que recorrimos paseando el centro de la ciudad para ver completa la muestra BRÜCKE, EL NACIMIENTO DEL EXPERISONISMO ALEMÁN (hasta el 15 de mayo en el Museo Thissen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid).

No entiendo demasiado de pintura, pero empieza a gustarme, y me gustó la mañana - tarde de ayer, con un sol que presagiaba ya la primavera como recompensa a nuestro estoico aguante del frío y la nieve. Los expresionistas utilizaban colores vivos. Se está bien dentro de los museos.